México encuentra tu rumbo - Armando Regil Velasco Presidente Fundador IPEA www.ipea.org.mx

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México encuentra tu rumbo - Armando Regil Velasco Presidente Fundador IPEA www.ipea.org.mx
México encuentra tu rumbo

      Armando Regil Velasco
     Presidente Fundador IPEA

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                                 Índice

México encuentra tu rumbo…………………………………………………………………………... 2

Construyendo un México libre, solidario y próspero…………………………………….. 6

México puede ser un país de primer mundo………………………………………………... 15

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                            México encuentra tu rumbo

Tener rumbo permite moverse en la dirección correcta, dar pasos firmes y avanzar
hacia un objetivo claro y una meta concreta. No tenerlo implica pérdidas no solo de
tiempo y energía sino también un desgaste emocional y psicológico. Esto sucede en
el plano personal pero podemos decir que ocurre lo mismo con las sociedades y con
los países.

A lo largo de la historia, el ser humano ha sido testigo del surgimiento y caída de
ciudades, imperios e incluso civilizaciones. Personas van y vienen, unas viven más
que otras y algunas dejan un legado que se convierte en tesoro para el acervo
cultural que acumula la humanidad.

Al ser la muerte parte de la misma vida y por tanto un fenómeno inevitable, parece
que en el corazón de cada persona y en la consciencia de las civilizaciones ha existido
y existe un anhelo, el de dejar algo para después de la muerte, un deseo de dejar
huella, de trascender. Cada quien decide libremente que es aquello que quiere dejar
y una vez teniéndolo claro, empieza a trabajar para construirlo, para hacerlo
realidad.

Ese descubrimiento de qué es aquello que queremos construir y de cómo queremos
trascender sólo se da cuando nos conocemos a nosotros mismos, cuando
entendemos realmente quiénes somos, por qué y para qué estamos aquí y a dónde
vamos. De momento parece muy complejo querer tener una respuesta a todo esto,
sin embargo, para contestar a estas preguntas cada persona debe pasar por un
proceso de autoconocimiento y definición personal. En otras palabras, cada uno
debe encontrase consigo mismo y entender su propia identidad para ver entonces
cual es esa misión y el para qué de su vida, cual es su causa y su propósito.

De nuevo, si esto lo trasladamos a un plano más grande como sería un país,
entonces hablamos de la suma de miles y millones de personas que encontrándose e
interactuando de manera espontánea en un intercambio constante con el otro (cuyo
objetivo es satisfacer sus necesidades y ser mejores), van encontrando ese rumbo en
la definición de intereses y propósitos compartidos para lograr algo concreto como
país.

En el caso de los mexicanos podemos decir que somos americanos por nuestra
ubicación en el continente americano. Somos norteamericanos por estar unidos a
Canadá y Estados Unidos geográficamente en el norte y al mismo tiempo somos
latinoamericanos porque nos une un idioma, una cultura, unas raíces y múltiples
semejanzas con nuestros países hermanos de América Latina.

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Somos parte del mundo occidental, lo que significa que compartimos una serie de
principios y valores heredados de la tradición judeocristiana. Heredamos usos,
costumbres y formas de organización de las culturas griega y romana que dominaron
Europa y que después permearon en el nuevo mundo tras el descubrimiento de
América.

Además de ser occidentales, tenemos una particularidad propia del mestizaje, somos
la mezcla, combinación ó fusión de dos culturas, de dos mundos. Por una parte la
cultura prehispánica en donde vivían y convivían nuestros ancestros de distintos
grupos y la cultura española que colonizó estas tierras en el siglo XV.

La gran ironía es que, al parecer, los mexicanos somos todo esto pero al mismo
tiempo muchos seguimos actuando como sino fuéramos nada. Por muchos años,
una gran mayoría de mexicanos hemos vivido y actuado como sino tuviéramos
identidad, ni propósito, ni rumbo. A pesar de saber que somos mexicanos,
americanos, norteamericanos, latinoamericanos, occidentales y resultado de una
mezcla cultural, en realidad pareciera que no sabemos quienes somos porque estar
definidos como tal o cual no significa que sepamos propiamente cual es nuestra
identidad o hacia donde vamos. Dicho esto, podemos darnos cuenta que
desafortunadamente al no conocer realmente nuestra identidad y al no tener
propósitos claros tampoco hemos encontrado nuestro rumbo.

El año 2010 llegó más rápido de lo esperado pues aunque sabemos que es un año
importante porque marca el aniversario de dos acontecimientos históricos,
realmente no entendemos qué significado tuvieron la independencia y la revolución.
Por más de dos siglos se ha hablado de libertad, independencia y una serie de
conceptos que no terminamos de entender porque no los hemos definido
propiamente y porque no entendemos quienes somos y a donde vamos.

Afortunadamente, la gran noticia es que vivimos en un mundo de infinitas
posibilidades en donde a pesar de nuestras limitaciones, las personas tenemos la
capacidad de transformar realidades y definir nuestro rumbo para cambiar nuestro
entorno. En pocas palabras nosotros podemos reescribir nuestra propia historia y
con ello la historia del país que nos vio nacer.

La primera clave para entender quienes somos y hacia donde vamos es entender
que somos personas con dignidad y que poseemos un regalo que nos ha sido dado
con la vida y que es la llave de todas nuestras posibilidades y el principio de todas
nuestras creaciones: la libertad.

Partiendo entonces de que somos personas libres para elegir, en el entendimiento
de esa libertad comprendemos que las personas a nuestro alrededor también son
libres y que todos tenemos entonces el derecho a buscar nuestra propia felicidad sin
afectar ni coartar la libertad de los demás.

¿Por qué es tan importante esa libertad para entender en qué nos podemos
convertir o a dónde podemos llegar? La razón es muy simple. Cuando nace un bebé

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también nace un enigma ya que nadie puede predecir con exactitud lo que será de la
vida de esa persona. Si bien cada uno tenemos nuestra propia carga genética y un
temperamento que poco a poco se va forjando en carácter, nadie absolutamente
nadie puede saber con precisión cual será el destino de esa persona.

Después de pasar la primera etapa en donde el bebé es absolutamente dependiente
de sus padres para sobrevivir, empieza a descubrir el mundo por sí mismo y
conforme va creciendo, va tomando sus propias decisiones que lo van definiendo
como persona. Por ello, al nacer, la consciencia de toda persona es un proyecto
completamente abierto como si fuera un libro en blanco en el que cada día se
escribirá la vida y en donde quedarán las marcas de toda decisión que esa persona
tomará libremente.

Una vez entendida la libertad como condición fundamental para tomar decisiones y
buscar la propia felicidad, el siguiente paso, por cierto imprescindible, es entender
que la libertad tiene un complemento que se llama responsabilidad, ambas son dos
caras de la misma moneda.

Responsabilidad es nuestra capacidad de responder, es asumir las consecuencias de
nuestras decisiones y acciones, de lo que pensamos, decimos y hacemos. Muchas
veces hablar de libertad suena muy atractivo pero cuando empezamos a hablar de
responsabilidad es cuando a muchas personas ya no les gusta tanto. Como dice
nuestro querido amigo, el escritor Mario Vargas Llosa, parece que en América Latina
tenemos miedo a hablar de libertad porque ser libre o hablar de libertad
compromete. Ser libre implica ser responsable, asumir consecuencias, estar
dispuesto a responder. Quizás esta sea una de las razones que explique nuestra
permanente evasión a saber quiénes somos y para qué estamos aquí pues al
contestar estas preguntas forzosamente nos enfrentamos a una realidad que nos
exige ser responsables para ser mejores, para crecer y llegar a donde queremos.

¿Qué significa todo esto? Que en la búsqueda de nuestro propósito, de nuestro para
qué, de la felicidad y en la búsqueda de satisfacer nuestras necesidades (de
diferentes tipos) vamos tomando decisiones libremente que nos comprometen a
algo, vamos interactuando con las personas a nuestro alrededor y haciendo
intercambios de todo tipo que nos permiten beneficiarnos y ganar mutuamente.

Esto que he mencionado en el plano personal se traslada como ya lo he dicho, al
plano de una sociedad y un país pues estos no son sino la suma de todas esas
voluntades de quienes los conforman, personas que al compartir el mismo territorio
como hogar se convierten en ciudadanos y compatriotas.

Dicho todo esto, no caeré en la tentación de hacer recomendaciones para que cada
persona encuentre su propio rumbo, los propósitos de su vida o tome sus propias
decisiones. Eso le corresponde a cada quien. Cada persona, cada ciudadano debe
decidir libremente y asumir su propia responsabilidad haciendo su parte. Pretender
decirle a uno por uno que hacer o cómo comportarse sería presuponer que tenemos
información completa de sus necesidades, anhelos y deseos y eso es humanamente

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imposible; sería caer en lo que Friedrich Hayek definió oportunamente como fatal
arrogancia.

Además, esa ha sido la tentación que no han resistido múltiples ingenieros sociales a
lo largo de la historia y que como ya sabemos, ha traído consecuencias desastrosas
cuando unos cuantos han decidido sobre las vidas de los demás. Eso atenta contra
todos los derechos de la persona empezando por la propia libertad. Debemos tener
cuidado porque aún existen muchos políticos que pretenden controlar y decidir
sobre las vidas de miles e incluso millones de personas con el único objetivo de
conseguir sus propios intereses y de alimentar su insaciable hambre de poder.

Lo que si haré es describir algunos puntos generales que son clave para entender lo
que podemos hacer como una suma de esfuerzos libres, personales e individuales
que nos pueden llevar a encontrar nuestro rumbo como país y por lo tanto a
construir el México libre, solidario y próspero con el que aún soñamos, el México
que aún no hemos visto pero que, hay que decirlo, es absolutamente posible.

En pocas palabras, cuando una persona conoce su identidad, (quien es), cuando
tiene claro el propósito de su vida, (para qué está aquí), y cuando tiene una causa
que le entusiasma y le mueve a actuar, entonces encuentra sentido a todo lo que
hace. El resultado es, como bien dice nuestro querido amigo Carlos Kasuga, Director
General de Yakult, que esa persona logra moverse del bien ser al bien hacer y como
consecuencia logra el bienestar y el bien tener. Todo esto conduce a un círculo
positivo en donde además, la persona, al estar bien y sentirse bien puede hacer algo
más que buscar su propio interés y empieza a buscar el bien de los demás, empieza a
ser solidaria, busca el bien común.

Por eso insisto que la única manera de empezar a generar un cambio en México, el
único camino para convertirnos en una sociedad de ciudadanos libres y responsables
y no de súbditos que padecen constantemente de conformismo, apatía y
mediocridad, es empezando por cada uno de nosotros, es encontrando nuestro
sentido de vida, nuestra propia identidad, nuestros propósitos y las causas que nos
mueven. Ya que nadie da lo que no tiene, si tenemos esto claro y nos sentimos bien,
entonces podremos dar lo mejor a los demás y en esa interacción con el otro, en esa
cooperación constante, tendremos claro cual es el rumbo que debemos seguir para
llegar a la meta que es ese México con todos los adjetivos positivos que cada uno le
quiera poner.

Entender todo esto nos debe conducir hacia el diálogo, el entendimiento, la
tolerancia y la concordia para poder unirnos en lo esencial y construir el México que
aún no hemos podido ver. La historia nos presenta una oportunidad única de
replantearnos, reencontrarnos, reconstruirnos y reconciliarnos. Reconciliarnos con el
pasado, con nuestra historia y entre nosotros mismos.

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                  Construyendo un México libre, solidario y próspero

Cuando nuestra conciencia se deja provocar por el altísimo valor de una persona, –
sin importar su situación económica, su pertenencia étnica, su convicción religiosa,
su desarrollo orgánico, su sexo, o su coherencia moral –; cuando descubrimos que la
vida de ningún ser humano nos debe ser indiferente ya que todos tenemos la misma
dignidad y merecemos el mismo respeto; cuando reconocemos que el destino de
cada mexicano es trascendente y rebasa lo que de manera individual y por sí mismo
cada uno puede realizar, en ese momento inicia un camino de solidaridad y de
compromiso que ha de expresarse en la vida personal, social, económica y política.

El IPEA recoge las inquietudes de muchos jóvenes mexicanos que aman la vida, la
familia, la libertad y la justicia; que se indignan ante la pobreza, la exclusión y la
violencia contra las personas, en especial, contra las más vulnerables – marginados,
discapacitados, no-nacidos, ancianos, enfermos, migrantes, etc. –; y que buscan
nuevos caminos para participar y trabajar por el bien común de los mexicanos, en
coherencia con los valores que le dan sentido y fundamento a la identidad e historia
de nuestro pueblo y al trabajo por un México mejor.

La acción política necesaria para hacer de estos ideales una realidad operante, no
sólo en la vida privada sino en el espacio público, en nuestras instituciones y en
nuestras leyes, tendrá que fundarse de manera real y no retórica en una renovada
manera de mirar la participación activa y continua de la sociedad en la gestión del
bien común. Dicha acción, tendrá también que basarse en una renovada compresión
sobre el papel del poder, que nunca es fin sino siempre medio y ocasión para servir.

Esto se manifiesta, por una parte, en una integral comprensión de la actividad
productiva en la que la riqueza tendrá que generarse de manera tal que la dignidad
de las personas y las familias quede promovida y jamás eclipsada. Por otra parte,
esto nos conduce a entender que no basta concebir la democracia en su momento
puramente formal o electoral, sino que debe tornarse en una auténtica cultura
participativa que facilite el desarrollo de proyectos solidarios y subsidiarios que
promuevan la dignidad humana y la vigencia real de los derechos de toda persona.
Sólo de esta manera se puede desarrollar verdadera calidad de vida y lograr la
satisfacción de las necesidades básicas de las personas y de las comunidades:
alimentación, salud, empleo, educación, vivienda, etc.

Una auténtica democracia participativa es aquella en la que dejamos de ser súbditos
para volvernos realmente ciudadanos. Es en la que dejamos de ser meros objetos del
poder y nos tornamos en auténticos sujetos de nuestra historia, es aquella en la que
el gobierno y la sociedad promueven de la manera más amplia posible la libertad de
todos con el único límite del respeto al derecho de terceros.

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Para hacer que todo esto se convierta en realidad y así construir un México
verdaderamente libre, solidario y próspero, es fundamental entender y vivir con
principios claros. El IPEA promueve estos principios con la intención de abrir un
nuevo camino en el que los jóvenes podamos trazar el rumbo y convertirnos en los
agentes de cambio que nuestro país requiere.

El primer regalo de cualquier persona es la vida. La vida es el bien humano básico: es
la fuente y la condición necesaria de cualquier actividad humana y de toda
convivencia social. Esta es la razón primaria por la que el derecho a la vida es el
fundamental de los derechos. Sin él, no se puede gozar de ningún otro. La dignidad
de la vida humana es idéntica en cada etapa de desarrollo de la persona. Por ello, el
derecho a la vida que posee cada persona debe ser reconocido a través de las leyes
desde su inicio en la fecundación y hasta su fin natural. Este arco de tiempo exige el
cuidar y promover la calidad de vida, la libertad, y el desarrollo integral de las
personas que merecen tener satisfechas sus necesidades básicas de educación,
salud, vivienda, empleo, medio ambiente sano, etc… De esta manera,
simultáneamente al derecho a la vida, es preciso promover y defender los derechos
humanos auténticamente derivados de la dignidad personal.

Toda acción gubernamental deberá facilitar, fortalecer y proteger de manera
solidaria y subsidiaria, la vida humana en todas sus etapas de desarrollo evitando los
fáciles paternalismos o la inhumana insolidaridad. Nadie tiene derecho a disponer de
la vida de una persona por ningún motivo, sea varón o mujer, sea embrión uni o
pluricelular, sea niño, adulto o anciano, enfermo o agonizante. Nadie debe solicitar
este gesto homicida para sí mismo o para otro del que sea responsable, ni puede
consentir en él explícita o implícitamente. Estas conductas deben ser consideradas
gravemente injustas ya que lastiman la dignidad humana y atentan contra las
exigencias constitutivas de la persona.

Todo ser humano es persona y por ello un auténtico sujeto de derecho. Esto quiere
decir que la persona humana es un sujeto único, irrepetible e insustituible, portador
de dignidad, dimensión comunitaria y vocación trascendente. Cada ser humano
puede desarrollar su inteligencia, libertad y voluntad cuando goza de las condiciones
suficientes y adecuadas.

La libertad manifiesta la igual dignidad de toda persona. Por ello, toda actividad
humana debe desarrollarse libremente y en acuerdo con la dignidad propia y ajena.
El derecho a la libre asociación es una de las más relevantes formas de vivir en
libertad y en solidaridad. Esto nos permite constatar que la solidaridad hermana las
aspiraciones a una plena libertad y a la igual dignidad entre las personas. La única
manera de evitar que la más amplia libertad no suprima las aspiraciones igualitarias,
o que éstas unilateralmente afirmadas, terminen aplastando la libertad, es la
promoción activa de la solidaridad entre las personas, las instituciones y las
comunidades.

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Toda sociedad auténticamente humana debe articularse solidaria y subsidiariamente
a través de multitud de organizaciones que permitan, entre todos, construir el bien
común. Son los organismos ciudadanos los receptáculos naturales y primarios del
poder político. Por ello, la energía de la sociedad ha de canalizarse de manera
ordenada y pacífica a través de ellos. El Estado, por su parte, deberá facilitar y
estimular este proceso. Cuando una autoridad sirve a la sociedad de esta manera
genera bien común y se legitima en su ejercicio.

Todo ser humano independientemente de su raza, sexo, situación social, posición
económica, compromiso político, creencia religiosa, desarrollo orgánico o coherencia
moral, posee dignidad y merece respeto. Ningún poder formal o fáctico tiene
derecho a marginar o a excluir del desarrollo a cualquier tipo de persona .

Una de las dimensiones constitutivas de la persona es su vida afectiva. La vida
afectiva se realiza de maneras diversas a través de la diferenciación sexual en
multitud de relaciones de amistad, fraternidad, paternidad, filiación o conyugalidad.
Toda persona es hombre o mujer y naturalmente a través de su sexualidad realiza en
parte su humanidad, expresa su riqueza personal, busca su adecuada
complementariedad y muestra su reciprocidad esencial. Varones y mujeres
poseemos igual dignidad y diversidad vocacional. Rechazamos toda discriminación
de origen sexual y simultáneamente promovemos la valoración positiva del aporte
del hombre y la mujer.

Cuando la familia vive de acuerdo a sus notas esenciales se torna en un ambiente
educativo que hace crecer en humanidad a todos sus integrantes. Las familias
tenemos heridas y limitaciones de una u otra índole. Aún las familias lastimadas o
rotas pueden y deben aspirar a consolidarse como un espacio auténtico de
humanización. Para ello es importante tener claro cuál es la naturaleza de la familia y
hacer de ésta un referente significativo que permita iluminar las situaciones
concretas con toda su complejidad. Ni siquiera las dificultades suprimen el carácter
esencial de la familia para la supervivencia y desarrollo de las naciones. Al contrario,
es en el seno de las familias en donde se educa en la solidaridad, en la justicia, en el
bien común y en donde gracias a la inclusión de otras personas con las que se
mantienen relaciones afectivas y justas estables, se construye la familia ampliada.

Las funciones que desempeña la familia dentro de la sociedad no pueden ni deben
ser sustituidas por el Estado o el mercado. Los miembros de la familia deben poder
participar subsidiariamente en el diseño y ejecución de los programas y proyectos
gubernamentales que sobre de ellos se aplique. Toda familia tiene derecho a una
vivienda digna, a la salud, a una alimentación adecuada, al necesario esparcimiento y
a los bienes culturales que ofrece nuestra nación. La “perspectiva de familia”
consiste en el enfoque transversal de fortalecimiento de la institución familiar que
debe de acompañar todo esfuerzo público o privado realmente orientado al bien

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concreto de las personas. Es en la familia - no únicamente en el individuo aislado -
donde se ha de verificar el éxito de cualquier política pública o programa
gubernamental.

El Estado, entendido como sociedad y gobierno orgánicamente relacionados, debe
propiciar el desarrollo integral de la familia, con especial énfasis en sus miembros
más frágiles: los niños, los jóvenes, los ancianos y los discapacitados. Especialmente
los niños tienen derecho a gozar del cuidado amoroso y justo de sus padres. La
violencia intrafamiliar y la valoración de la mujer como mero objeto de placer son el
origen de muchas otras violencias sociales. Por ello, es indispensable trabajar por la
plena vigencia de los derechos de todos los integrantes de la familia.

El Estado debe proteger y promover subsidiariamente el desarrollo de las familias
más pobres y vulnerables, particularmente cuando alguno de los padres desaparece
por cualquier motivo. Las familias monoparentales merecen una nueva creatividad
en materia de políticas sociales que permitan la educación de los hijos y el acceso
efectivo a recursos en materia de salud, empleo, educación, transporte,
alimentación y vivienda. Ningún miembro de la familia debe descubrirse
abandonado a su suerte en momentos de necesidad sino inmerso en un haz de
relaciones solidarias y subsidiarias que le ofrezcan oportunidades para desarrollarse
de acuerdo a su dignidad, vocación y capacidad.

La soberanía de la familia es anterior a la soberanía del Estado. Toda estructura y
programa de gobierno debe alentar a las organizaciones de la sociedad civil cuya
vocación sea la auténtica promoción de la familia y la formación de sus integrantes
como personas y como ciudadanos.

Los padres son depositarios del derecho primario a educar a sus hijos de acuerdo a
sus convicciones, y el Estado tiene la obligación de reconocer y hacer valer este
derecho. Ninguna persona o institución tiene derecho a suplantar o anular a los
padres en el ejercicio de sus derechos. Los maestros, verdadera élite espiritual de
nuestra nación, son auténticamente responsables de introducir a los alumnos en una
concepción integral sobre el matrimonio y la familia que les permita apreciar el
inmenso legado que nuestra nación nos regala, generación tras generación, a través
de nuestras familias, de nuestra cultura y del esfuerzo que entre todos realizamos
para hacer de México un país libre y próspero.

Las familias esperarán siempre de los maestros – en todos los niveles – una vida
ejemplar, una docencia de calidad y una explícita formación ética que les permitan
compartir a los alumnos los fundamentos de una moralidad siempre respetuosa de
la dignidad humana y de las exigencias constitutivas que orientan a la persona hacia
su desarrollo virtuoso y su felicidad.

El bien común, no sólo es el conjunto de condiciones abstractas que idealmente
permiten desarrollar a la persona humana de una manera integral y armónica, sino
que es el modo cómo una sociedad en concreto realiza las exigencias que brotan de
la dignidad de sus integrantes tomando en cuenta su historia, sus valores y su

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destino. Por ello, el contenido concreto del bien común se realiza siempre en
fidelidad a la nación, es decir, a la identidad cultural de México. La nación mexicana
es la comunidad que a modo de una síntesis compleja y múltiple de orden cultural
posee unidad en aquellos factores que históricamente han facilitado su fundación: el
mestizaje, su lengua, su historia, sus valores y su profundo sentido religioso. El reto
no consiste en construir un “proyecto de nación” sino un “proyecto al servicio de la
nación”. Es preciso convocar a todo mexicano y mexicana a trabajar a favor de
nuestra identidad cultural integralmente considerada sin pretender reinventar la
naturaleza de la nación mexicana de manera oportunista o coyuntural.

El bien común es fuente de legitimación del ejercicio del poder político. El poder,
cuando pierde este referente, se vuelve despótico. Un indicador elemental para
saber si se responde auténticamente al bien común consiste en evaluar si las
decisiones, leyes y políticas públicas están continuamente referenciadas a: a) la
dignidad de la persona y el respeto a los derechos humanos; b) el fortalecimiento de
la familia; c) la atención a los más pobres y vulnerables en nuestra sociedad; d) la
fidelidad a nuestra identidad cultural (una vez que esté bien definida); e) el cuidado
al medio ambiente con perspectiva de desarrollo sustentable. Estos cinco factores
deben ser afirmados simultáneamente ya que una correcta comprensión de cada
uno de ellos implica a todos los demás.

La vida de la nación se organiza a través de numerosas iniciativas solidarias que
construyen organismos civiles de la más diversa índole. Toda persona y comunidad
tiene pleno derecho y obligación de participar, en la medida de sus posibilidades, en
la gestión solidaria del bien común. La solidaridad es una virtud personal y
comunitaria que consiste en ser todos responsables de todos. La responsabilidad
comunitaria debe fortalecer la responsabilidad individual por nuestro entorno y por
nuestro prójimo. Ninguna persona nos debe ser indiferente. La participación
solidaria debe ser facilitada por las estructuras del Estado mediante ágiles
mecanismos jurídicos, fiscales e institucionales, que permitan y promuevan la más
amplia creatividad y corresponsabilidad para la resolución de los diferentes
problemas en nuestra sociedad.

La apatía o la indiferencia no caben al momento de tener que consolidar una
auténtica democracia en nuestro país. Es importante promover una cultura de la
participación democrática que colabore a reactivar la inteligencia y la voluntad de
tantos mexicanos que desean contribuir con el bien común, pero que ven frustrados
sus anhelos por la pesada inercia autoritaria y paternalista que aún subsiste en
muchos lugares y espacios. Cuando la sociedad se vuelve protagonista principal de
su propia historia no sólo mejora la calidad de la democracia sino que las acciones de
los servidores públicos pueden ser más y mejor evaluadas. El gobierno tiene la
obligación de rendir ante la sociedad cuentas precisas y públicas sobre los montos
recibidos como contribuciones fiscales y la aplicación que de ellos se hace. Esta
obligación corresponde a todos los órdenes de gobierno y debe hacerse ante
órganos fiscalizadores conformados por ciudadanos. Los servidores públicos que
malversen recursos públicos, por la gravedad de la falta cometida, deben ser sujetos

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a sanciones ejemplares.

La subsidiaridad de los diversos órdenes de gobierno debe de facilitar el que los
problemas se resuelvan al mínimo nivel posible y no al máximo permitido. De este
modo, el estímulo a la vida comunitaria y familiar que políticamente es abrazada por
el Municipio, debe ser prioritario. La riqueza cualitativa y los deseos de participación
de las familias y de las comunidades deben poder expresarse en el Municipio libre.
Así mismo, el fortalecimiento de la actividad productiva en las diversas comunidades
y regiones ha de mostrar nuestra convicción acerca de la necesidad de construir la
casa común del Estado desde las estructuras organizativas más elementales, que
poseen en el Municipio, una articulación fundamental. Así, la necesaria
descentralización y verdadera federalización de nuestra República pasa por la
reactivación de un municipalismo con renovada conciencia sobre la centralidad de la
vida cultural de las regiones y de la nación en su conjunto.

El Estado es la comunidad organizada política y jurídicamente para la obtención del
bien común en un cierto territorio. La organización política del Estado le
corresponde al gobierno, el cual es el conjunto de instituciones que facilitan la
promoción del desarrollo salvaguardando la justicia y el Derecho. Todas las
instancias que configuran al Estado deben tener explícita conciencia del papel
central que posee la sociedad como sujeto del poder y sus integrantes como sujetos
soberanos en sentido estricto.

El Estado de Derecho reconoce abiertamente a la justicia como fundamento de la
legalidad, a los derechos humanos como criterios superiores al poder y al consenso
que permiten darle un fundamento objetivo a la justicia. Este modo de comprender
al Estado implica el reconocimiento de que las fuerzas que lo vivifican no proceden
de sus estructuras políticas sino de las diversas dimensiones de la vida social que se
activan y desarrollan a partir de la solidaridad y la perspectiva trascendente de la
vida.

El Estado de Derecho promueve activamente las redes sociales, el trabajo
comunitario y las actividades que fuera de la lógica del poder estatal se realizan para
hacer de la vida, una vida humana. Dicho de otro modo, esta manera de concebir el
Estado renuncia a que las estructuras gubernamentales sean el centro y vértice de la
organización del desarrollo y la prosperidad y opta decididamente por que el Estado
facilite que la sociedad se autorregule lo más posible a través del reconocimiento
explícito de la autonomía institucional de los organismos e iniciativas ciudadanas y
solidarias en todos los ámbitos. Así mismo, en un Estado de Derecho todo trabajador
en los diversos órdenes de gobierno ha de concebirse como un servidor público, es
decir, ha de ejercer la autoridad como servicio a todos, y jamás como privilegio
despótico que privilegia a unos y margina a otros. La prepotencia, la corrupción y la
ineficacia deben ser claramente señaladas y severamente sancionadas.

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La ciudadanía, bajo esta perspectiva, deja de ser una categoría fundamentalmente
política y entra al territorio de la vida en sociedad. El referente ya no es quién
pertenece a un cierto grupo político, a un cierto estrato económico, a un lugar de
origen o quien posee una cierta edad. Lo importante es que la nueva ciudadanía en
un Estado de Derecho se educa en una cultura diversa, en donde la integridad, la
legalidad y el orden son prioridad, en donde la justicia, la solidaridad con los más
vulnerables, el trabajo a favor del medio ambiente sano y el anhelo de prosperidad,
se vuelven los referentes principales para el “saberse ciudadano”.

El Estado de Derecho reconoce los beneficios de una sana separación entre el
gobierno y las asociaciones religiosas, que permita la colaboración activa de las
mismas en el desarrollo de la sociedad de acuerdo a su naturaleza y finalidades
particulares. Así mismo, trabaja enfáticamente por la promoción de la más amplia
libertad religiosa y de conciencia, protegiendo y promoviendo el derecho de todos –
creyentes y no creyentes – a vivir con entera libertad de acuerdo a sus convicciones,
en lo público y en lo privado, de manera individual y comunitaria, con ningún otro
límite que el respeto al derecho de terceros.

El Estado de Derecho debe ser laico, es decir, no debe promover ninguna religión o
irreligión de manera oficial. De este modo, el Estado laico asegura las condiciones de
justicia para que las personas y las comunidades puedan desarrollar y expresar su
religiosidad de manera ordenada y pacífica tanto como ellas mismas deseen.

La necesaria “reforma del Estado” desde la perspectiva del Estado de Derecho, no
tiene como protagonistas principales a los grupos políticos o a los profesionales de la
política. Por el contrario, el papel principal en el rediseño del Estado le corresponde
a la sociedad civil solidariamente organizada que con representantes ciudadanos
auténticos pueda impulsar un nuevo conjunto de reglas para la organización de lo
público.

La “reforma del Estado” no es un mero ajuste cosmético a ciertas instancias de
poder sino la transformación del Estado desde la sociedad, desde sus bases, para
evitar la auto-referencialidad y reorientarlo en función de sus parámetros
auténticos: la dignidad de la persona y la familia, la vida en sociedad en toda su
riqueza, la identidad cultural de la nación y las múltiples iniciativas ciudadanas que
vitalizan a nuestras comunidades.

La economía solidaria es una modalidad de economía de mercado socialmente
responsable. Economía solidaria es todo conjunto de iniciativas productivas que de
modo solidario y subsidiario colaboran a colocar al mercado al servicio de bienes
mayores que él mismo: la dignidad humana, la familia, la comunidad, la región, la
nación, el bien común.

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La economía solidaria busca de manera deliberada satisfacer las necesidades básicas
de las población a través del desarrollo autogestivo y superador que la propia
solidaridad impone cuando se asume con seriedad. Necesidades básicas son entre
otras: alimentación, agua potable, salud, vivienda, vestido, educación, trabajo,
deporte y recreación.

Economía solidaria no es una mera teoría o una mera abstracción. Es la realidad
efectiva de miles de microexperiencias que espontáneamente construyen la vida
cotidiana y en las que el mercado, como mecanismo de intercambio, juega un papel
importante. Economía solidaria implica respeto a la oferta-demanda pero
acompañada de auténtica reciprocidad en los intercambios. Esto requiere de un
modelo hacendario que vele tanto por la más amplia, equitativa y justa base sobre la
que se recaude, como por la más eficiente, justa y transparente aplicación
redistributiva de los recursos recaudados.

Economía solidaria también significa una nueva cultura de intenso trabajo, de
educación continua, de justa producción y distribución de la riqueza y de nuevas
modalidades de acceso a servicios de salud, que permitan no sólo asegurar la
prosperidad de ciertos sectores en el presente sino ante todo la prosperidad y el
desarrollo de todos, incluidas las generaciones futuras.

Todos los mexicanos tienen derecho a la seguridad social. La seguridad social debe
ser una instancia libre, competitiva y capaz de ofrecer atención de alta calidad a la
población. Así mismo, es necesario un sistema de pensiones que permita a los
trabajadores, luego de un largo y fructífero período de su vida generando riqueza,
gozar de una percepción económica justa capaz de ofrecer una mejora en la calidad
de vida de acuerdo con el tiempo trabajado, las responsabilidades asumidas y la
efectividad demostrada.

Una comprensión solidaria de la actividad productiva reconoce que la principal
riqueza de un país son sus miembros que a través de sus conocimientos, habilidades
y virtudes pueden transformarse a sí mismos de manera positiva a través del trabajo.
El trabajo no es una actividad alienante cuando se realiza en condiciones que
permitan no sólo la producción sino la distribución auténticamente justa de la
riqueza y el desarrollo de la humanidad de los trabajadores a través de diversas
experiencias de formación y capacitación. Existe una prioridad real de la persona
sobre el trabajo y del trabajo sobre el capital. Sólo promoviendo y respetando esta
jerarquía, podemos colocar las actividades productivas al servicio de los hombres
reales, y no viceversa.

La propiedad privada a la que con legítimo derecho debe y puede aspirar todo ser
humano es una manera de cristalizar el esfuerzo invertido en el trabajo. La
propiedad es un derecho que permite gozar de ciertos bienes como propios, es
decir, como justamente adquiridos por una persona o por un conjunto de personas.

Es a través de una economía solidaria como se puede cuidar y fortalecer el mercado

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interno y, eventualmente, promover la vocación exportadora de cada región y del
país en su conjunto.

La apertura de México a los mercados internacionales debe enriquecerse con nuevos
criterios y parámetros. Toda decisión de inversión pública o privada posee una
dimensión ética y cultural ineludible. Por ello, toda inversión antes de realizarse
debe de haber superado positivamente una evaluación de su impacto en: a) el
fortalecimiento del mercado interno y el desarrollo auténtico de la población; b) el
medio ambiente; c) la identidad cultural de la comunidad y la región; y d) el respeto
y promoción de los derechos de cada persona.

La opción preferencial por los más pobres, vulnerables y excluidos de nuestra
sociedad nos debe de conducir a dedicar la mayor cantidad de recursos fiscales al
abatimiento de estos problemas sociales y a la corrección de sus causas
estructurales. Para ello, entre otras cosas, es necesario construir las condiciones que
permitan desarrollar la libre iniciativa económica con un enfoque solidario explícito
que evite el caer en el puro asistencialismo o en el diseño de programas clientelares
que ofenden a la dignidad de la persona.

En el contexto que la globalización le ofrece hoy a los mexicanos, debemos ser
capaces de reconocer nuestra profunda vinculación cultural, política y social con
América Latina. Por ello, debemos participar en la búsqueda de nuevas formas de
unidad y concordia latinoamericana que permitan que las vocaciones de los países
de la región puedan colaborar sinérgicamente en la conformación de una gran
riqueza regional que permita participar a nivel internacional en condiciones más
equitativas junto con otros actores globales.

Más aún, tenemos que ser concientes del importante papel geopolítico y
geoeconómico que posee México en América Latina. Las nuevas relaciones local-
local, local-global y global-local nos obligan a pensar bajo un paradigma nuevo en el
que la actividad política y económica sea más ciudadana, más libre y más sensible a
las verdaderas expectativas y necesidades de nuestro país y de las interacciones que
posee con otros países. Es necesario que nuevos gestos y decisiones auténticamente
humanos, es decir, profundamente solidarios, logren estabilizarse como reglas de
acción internacional. Una globalización racional y razonable sólo podrá darse bajo un
nuevo orden internacional en el que la libertad, la solidaridad y los derechos de cada
persona ocupen el papel central y en dónde México participe de manera activa.

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                    México puede ser un país de primer mundo

Si logramos hacer que todo lo dicho anteriormente se convierta en realidad y si
entendemos que México tiene todos los recursos naturales y humanos y el potencial
para pasar del tercer mundo al primero, entonces nada detendrá el verdadero
cambio. Una vez que entendamos quiénes somos y hacia dónde vamos y tengamos
claro qué necesitamos para ser un país libre, solidario y próspero, entonces
tendremos un propósito y un rumbo para poder andar con plena seguridad de que
lograremos lo que nos hemos propuesto.

En el mundo en que vivimos estamos sujetos a diferentes tipos de indicadores que
permiten medir el desempeño en todo. Cuando hablamos de países, existen
múltiples clasificaciones e indicadores que miden distintas variables.

Sin ir muy lejos, en los últimos 50 ó 60 años, muchos países han vivido periodos de
transformación nunca antes vistos. Varios de ellos han escalado velozmente la cima
del crecimiento económico, lo que se ha traducido en altos índices de desarrollo y
prosperidad.

En América Latina el ejemplo más notable es sin duda Chile. En Europa destacan
países como Irlanda o Estonia y en el resto del mundo sobresalen los casos de
Singapur, Corea del Sur y territorios como Hong Kong, sólo por mencionar algunos.
En esta lista ya se perfilan para los próximos años nuevos competidores sumamente
poderosos como la India y Brasil. China, a pesar de su espectacular crecimiento
económico sostenido, por ser un país sin libertad política, es una historia distinta.

La pregunta que nos hacemos es, ¿Qué han hecho ellos que nosotros no hemos
podido? ¿Por qué ellos si y nosotros no? ¿Cuál es el secreto? Las respuestas a estas
preguntas son más simples de lo que parecen. Responderé de manera breve,
hablando en positivo y aplicando las respuestas a México.

Algunos puntos clave de lo que otros han hecho con éxito y que necesitamos
aprender para encontrar nuestro rumbo y movernos en la dirección que nos permita
realmente vivir mejor y pasar del tercer mundo al primero, son:

    1. México necesita ciudadanos libres y responsables. (Empieza por ti)

    2. México necesita transformar su cultura de corrupción, apatía y conformismo
       en una cultura de integridad legalidad y orden. (Empieza por ti)

    3. México necesita instituciones fuertes en donde existan pesos y contrapesos,
       instituciones que funcionen con seriedad y un sistema judicial neutral y

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        razonablemente veloz que solucione los inevitables conflictos que surgen en
        cualquier grupo humano.

    4. México necesita vivir bajo un Estado de Derecho en donde las leyes
       garanticen los derechos y libertades de todos los mexicanos. Se requieren
       leyes sencillas para un entorno tan complejo.

    5. México necesita reconciliación y reencuentro entre todos los mexicanos.

    6. México necesita una sociedad abierta en donde todos tengan oportunidad de
       vivir mejor por mérito propio y no por favores o privilegios del gobierno.
       Debe existir un vínculo natural entre esfuerzo y recompensa sin la
       intervención del gobierno.

    7. México necesita una nueva generación de emprendedores que estén
       dispuestos a crear riqueza y empleo, que quieran arriesgar y comprometerse
       con el desarrollo del país. Para ello se requiere que se eliminen obstáculos al
       trabajo y a la producción. En otras palabras parte del requisito es la reforma
       laboral pendiente.

Esa reconciliación de la que hablaba anteriormente sólo será posible en la medida
que seamos menos egoístas, en la medida que entendamos que unidos podemos
más y que si aún tenemos pendiente saldar deudas con nuestros propios
conciudadanos, como es la deuda de la pobreza, esto sólo lo vamos a lograr si y sólo
si somos solidarios y aportamos cada uno nuestra parte. Se requiere de la
participación conjunta de una sociedad unida, fuerte y responsable con un gobierno
transparente integrado por políticos que sean verdaderos servidores públicos, lo que
significa que sirvan a las personas que los han elegido y que cumplan con el mandato
ciudadano que se les ha encomendado. No políticos que sigan sirviéndose a sí
mismos y a sus intereses de partido y de grupo.

Debemos movernos hacia una reforma Constitucional y del Estado que clarifique
muchas cosas que están mal entendidas, que realmente fortalezca a las instituciones
y que limite el poder de los gobernantes a través de un sistema de pesos y
contrapesos en donde el primer contrapeso del gobierno sea la rendición de cuentas
claras a los ciudadanos con absoluta transparencia. Necesitamos que la ley se
cumpla para todos, que vivamos en un verdadero Estado de Derecho para que exista
una convivencia pacífica.

Necesitamos recuperar la confianza que hemos perdido en nosotros mismos y entre
nosotros. No confiamos en la ley porque nadie la respeta ni la cumple, no confiamos
en nuestros servidores públicos porque muchos de ellos, en lugar de trabajar por el
bien de México trabajan por el bien de sus bolsillos, no confiamos en la policía
porque tenemos miedo de que nos robe, secuestre o extorsione. En una guerra
contra el crimen organizado que ha cobrado miles de vidas no sabemos realmente
quienes son los buenos y quienes son los malos. Para sobrevivir hemos tenido que

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buscar nuevas formas de protegernos porque vivimos a la expectativa de quien nos
pueda hacer daño.

Nos estamos haciendo dependientes de las alarmas y todo tipo de medidas para
proteger nuestros bienes y propiedades cuando el derecho a la propiedad y a la
seguridad son derechos fundamentales que en México no se entienden ni se ejercen.

Estoy seguro que si hoy levantáramos una encuesta para ver cuantos mexicanos ya
no quieren vivir así y les preguntáramos si quieren un cambio, la respuesta favorable
sería abrumadora. El problema es que la misma palabra “cambio” ha sido mal usada
y abusada por muchos políticos, lo que ha provocado el desencanto de muchas
personas y la pérdida de esperanza de quienes dicen ya no creer en ninguna
promesa. Siendo esto una realidad inevitable, por eso insisto en que el cambio sólo
puede y debe venir de la sociedad, lo que significa que el cambio debe empezar por
cada uno de nosotros, debe ser personal, desde el corazón. Lo que queramos ver
reflejado alrededor démoslo y hagámoslo nosotros mismos. La suma de esos
pequeños cambios de actitud es lo que puede acelerar el verdadero cambio del país.

Además de ese cambio personal que debe ser libre y motivado por una convicción
individual también se necesitan cambios en las formas, estructuras e instituciones
del país. El proceso debe ocurrir de forma paralela, sociedad y gobierno. Dicho de
otra manera, ese cambio son las reformas pendientes y urgentes que no podemos
esperar a que los legisladores quieran ponerse de acuerdo. Debemos exigirles que lo
hagan porque quien manda no son ellos sino las personas que los hemos elegido.
Una vez que dichas reformas se aprueben en el Congreso, para que realmente
funcionen, primero tenemos que funcionar nosotros como ciudadanos libres y
responsables.

Necesitamos limitar el poder y tamaño del gobierno. Tenemos la falsa creencia de
que un gobierno fuerte y grande es sinónimo de más seguridad y más bienestar para
la sociedad. Esto es falso. La experiencia ha demostrado que entre más se expande
el tamaño de un gobierno, más se contrae la libertad individual de manera
proporcional pues el gobierno empieza a ocupar espacios de libertad que le
corresponden a los ciudadanos. ¿Quién puede saber mejor qué necesitan cerca de
110 millones de mexicanos? Un grupo de personas que trabajan en distintas
instancias y dependencias gubernamentales y cuya información es limitada? ¿O cada
una de esas 110 millones de personas en su diario actuar, en su interacción
constante y permanente unos con otros? La respuesta parece muy obvia. La primera
es utopía, la segunda es realidad.

Lo que si le corresponde al gobierno es garantizar la seguridad de los ciudadanos y
garantizar que sus derechos sean respetados, ciertos servicios proveídos y que se
cumplan los contratos sociales. También le corresponde al Congreso promulgar leyes
claras, sencillas y aplicables que se adapten a los cambios constantes que
experimenta la sociedad. En pocas palabras para que la ley se cumpla debe ser

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simple, de esta manera se logra que las personas no busquen darle la vuela como
normalmente ocurre. No podemos seguir con leyes y códigos civiles que daten de la
primera mitad del siglo pasado porque la sociedad y las necesidades de las personas
no son las mismas de antes.

Otro aspecto fundamental que la experiencia ha probado es que los bienes y
servicios en manos privadas son mucho más productivos y eficientes que en manos
públicas. La razón es muy simple, es un principio de incentivos. Cuando esos bienes y
servicios están en manos privadas, los propietarios, accionistas o administradores
tienen incentivos para mantenerlos en las mejores condiciones y para mantenerse
están obligados a dar lo mejor pues sino el mismo mercado los saca dando paso a
que algún competidor que ofrece algo mejor se mantenga en su lugar.

Cuando “todo” es de “todos” realmente nada es de nadie pues al no sentirlo propio,
las personas no cuidan lo que no les pertenece porque no tienen incentivos para
hacerlo. Esto es lo que pasa con la mayoría de empresas públicas y los lugares
públicos, quienes las administran y quienes los utilizan respectivamente tratan de
sacarle el mayor beneficio sin dar mucho o nada a cambio.

Tenemos que sacar de nuestra mente y nuestro vocabulario ideas y frases como:
México nunca va a cambiar, el que no tranza no avanza o que tanto es tantito. Se
percibe en el ambiente una actitud de revanchismo, de yo primero y no me importan
los demás, de querer por querer sin importar a quien se pise. Eso ya yo es posible.
Estamos ante un momento crítico que exige un cambio de actitud urgente. Si
seguimos haciendo lo que hemos hecho hasta ahora, seguiremos obteniendo los
mismos resultados que hemos obtenido hasta hoy.

La dignidad y la vida de cada persona, la riqueza moral de nuestras familias y el
anhelo de justicia y desarrollo que palpita en nuestras comunidades, nos deben
motivar a la perseverancia en el trabajo por hacer de México una gran nación.
Nuestra fuerza radica en la coherencia con la que logremos vivir cotidianamente
estos principios. Nuestra esperanza descansa en el destino trascendente que nos
aguarda.

Lo que no pase en la mente de nuestros jóvenes nunca va a pasar en México, por eso
ha llegado el momento en el que juntos debemos pensar, confiar y actuar
demostrando que tenemos ideas nuevas, diferentes y a la altura de lo que México
necesita. Lo que tú no hagas nadie lo va a hacer por ti. ¿Sino eres tú, quién? ¿Sino es
ahora, cuando?

Sé protagonista de la historia, no un simple espectador. Escríbela con nosotros y
ayúdanos a generar las ideas y propuestas que México requiere para encontrar su
rumbo. Juntos podemos trazar el rumbo de nuestro México y hacer realidad el país
con el que soñamos, un México más libre, más solidario y más próspero… Manos a la
obra!

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