ANTONIO MACHADO Y LA MIRADA DE LEONOR

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ANTONIO MACHADO Y LA MIRADA DE LEONOR
ANTONIO MACHADO Y LA MIRADA DE LEONOR

1. INTRODUCCIÓN
       Este año, mediados de abril de 2012, se cumple el centenario de la publicación
del poemario ‘Campos de Castilla’ de Antonio Machado, que puso por vez primera a
Soria en el mapa cultural de España. Además, toca recordar los 100 años del
fallecimiento de Leonor Izquierdo Cuevas. Será el 1º de agosto, pues ‘fue a las diez de
la noche / en la calle Estudios, 7 / con dieciocho años cumplidos / ¡maldita la mala
muerte! / cuando Leonor expiró’. Se cerraba así el negro paréntesis abierto el 13 de
julio de 1911 en París, al evidenciar la joven esposa, mediante un vómito de sangre,
los síntomas de la letal tuberculosis, el llamado mal del siglo. Sucedió en París, sí;
‘cuando la enfermedad de Leonor nos hirió como un rayo en plena felicidad’, diría
Machado. Creo que ya saben los lectores los detalles de esta tristísima historia de
amor. Desde que Antonio, viudo en Baeza, pidiera a su buen amigo José María
Palacio que subiera al alto Espino ‘donde está su tierra’ y le llevara flores a su difunta
esposa, generaciones sucesivas de sorianos continúan ese ritual, en respuesta a tan
piadosa petición. En especial, los alumnos de su Instituto que, todos los años, el día
22 de febrero, aniversario de la muerte de Machado en Collioure, ascienden al
cementerio y recitan poemas en su honor. Y depositan sobre la tumba de Leonor
aquellas flores frescas prometidas.

CXXVI- A JOSÉ MARÍA PALACIO

Palacio, buen amigo,
¿está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos?..
(…)
Con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino,
al alto Espino donde está su tierra.

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2. LEONOR
        Es un hecho que la figura de Leonor Izquierdo Cuevas, hija de Ceferino
Izquierdo Caballero y de Isabel Cuevas Acebes, sigue siendo un pequeño misterio; un
personaje real y literario todavía por descubrir y describir. Se ha hablado y escrito de lo
joven que era – 15 años - cuando se casó con Antonio Machado; de la fecha de su
nacimiento, el 12 de junio de 1894; del lugar en donde nació, en el Castillo de
Almenar, a 25 kilómetro de Soria; de la casa en donde murió, calle de los Estudios 7;
que llega a Soria en enero de 1908 con 13 años; que era la hija mayor(13 años) de los
dueños de la pensión en la que estaba hospedado Antonio; pero, salvo las dos
fotografías de su boda, muy pocos documentos más han venido a completar su corta
biografía.

        Leonor, como hemos mencionado, nace un 12 de junio de 1894, en el Castillo
de Almenar de Soria. La causa de este curioso hecho, no es más que el padre,
Ceferino Izquierdo, es sargento de la Guardia Civil en el cuartel situado dentro del
Castillo, que es también hospedaje para los familiares. Se jubilará 13 años después,
en 1907, y todavía el cuartel conservará su emplazamiento hasta 1940.

       El Castillo, que se conserva hoy en día en muy buenas condiciones, tiene en su
entrada una placa en recuerdo del nacimiento de su hija predilecta, Leonor Izquierdo.

       Leonor fue bautizada en la Iglesia de San Pedro Apóstol del siglo XVIII, situada
en la misma localidad.

       Era, según la descripción que hizo José Tudela en 1958, en una conferencia
que dio en París: “baja, menuda, enfermiza, nerviosa, viva, de familia humilde, de tíos
barberos y practicantes, bella, austera, sencilla, ingenua, tímida”. Tuñón de Lara,
Gervasio Manrique, Pedro Chico y Rello, Mariano Granados Aguirre, José Posada, y
otros amigos y estudiosos machadianos se han acercado a su perfil en los mismos o
parecidos términos. Leonor era una chica morena pero pálida, con unos ojos
profundos y oscuros y una mirada “como la de una gacela sorprendida”, según
palabras de Mariano Granados, que en aquella época fue alumno de Machado y
compañero de juegos de Leonor, y observaba cómo la niña soñaba desde el balcón
con los versos del poeta, tal vez para huir de la realidad autoritaria del padre, que
según relata Mariano Granados Aguirre era “hombre autoritario, de mal genio, que se
embriagaba con frecuencia”.

        José Posada, otro amigo de la familia, la recordaba “menuda y trigueña, de alta
frente y de ojos oscuros”, y que, según se decía, el poeta la seguía desde lejos por la
ribera del Duero cuando salía de paseo con sus tías y hermanos, “o tras de su ventana
la miraba en el balcón frontero, o escuchaba embelesado sus paliques”.

       Según Pedro Chico y Rello, que llegó a Soria en 1917 para tomar posesión de
la cátedra de Geografía en la Escuela Normal, y que paró en la misma pensión, Isabel
Cuevas, la madre de Leonor, era una persona no solo hermosa sino muy buena,
“personificación de la auténtica dama soriana y castellana, con todas sus cualidades
de dignidad, de religiosidad y de bondad; de valor heroico y una gran simpatía”.

      “De talla mediana; el cabello, castaño, un poco ondulado; no se ponía afeites:
una niña; los ojos, morenos oscuros; la tez, más bien sonrosada; la voz un poco

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aniñada. Le parecía en todo a la madre”. Así recordaba a Leonor su tía, Concha
Cuevas.

        De todos los adjetivos que se le han atribuido, yo destacaría el que le dedicó
José María Palacio en un artículo publicado, tres días después de su muerte, en El
Porvenir Castellano: “Doña Leonor Izquierdo de Machado, tan joven, tan buena, tan
bella, tan digna del hombre en cuyo corazón es todo generosidad y en cuyo cerebro
dominan potentes destellos de inteligencia, ha muerto, y ¡parece mentira! ¡Pobre
Leonor!”.

        Una de las pocas novedades de la llegada a Soria de Antonio Machado ha sido
precisamente la hipótesis del lugar exacto de su primer encuentro. En un artículo
publicado en el Heraldo de Soria, el 25 de abril, Julio Santamaría Calvo, en base a una
revisión del padrón de 1905, afirmaba que la familia de Leonor Izquierdo habría estado
empadronada, desde finales del mes de septiembre de 1907, en la pensión –Calle del
Collado 50- de su tía, Concha Cuevas Acebes, cuya fotografía y la de su marido es
portada en la revista IDIOMAS, de la EOI de Soria.

       La hipótesis parece verosímil si tenemos en cuenta que, según se desprende
del expediente militar, entregado por la Sección Guardia Civil del Archivo General del
Ministerio del Interior a Ramón Fernández Palmeral, con fecha 7 de noviembre de
2006, al padre de Leonor, Ceferino Izquierdo Caballero, le concedieron licencia
absoluta de Guardia Civil el 31 de agosto de 1907. Tenía entonces 37 años: 5 menos
que Machado. Así que es muy probable que Antonio Machado y Leonor Izquierdo
hubieran convivido en la misma pensión desde la llegada de ambos a Soria.

       De su educación, costumbres, aficiones, creencias, pocas cosas se saben.
Recordando una de las visitas que hiciera a Leonor mientras tomaba el sol y el aire en
El Mirón, José María Palacio destaca lo que podría ser un pequeño y significativo
rasgo de su personalidad: “Cuando yo llevé las rosas estaba sola Leonor. ¡Y cuánto la
alegraron nuestras flores!”

       En aquella época la mujer ejercía, oficialmente, “las labores propias de su
sexo”. Se podía leer en algún diario como el “Porvenir Castellano” que “La sociedad
española no ha despertado más ideal en la mujer que el matrimonio”. Soria era una
provincia en la que, en 1900, el 67% de las mujeres eran analfabetas, frente al 33% de
hombres, y se debatía la posibilidad de que la mujer pudiera ser ella misma, instruirse,
y no solo “esposa, madre e hija”.

       Antes de abordar el influjo de Leonor en la obra poética de Antonio Machado,
es importante saber que su presencia en dicha obra coincide con su muerte. Y será
después, instalado Antonio Machado en Baeza, cuando el poeta sevillano la
incorporará en su mundo poético, componiendo en torno a su figura desaparecida
versos verdaderamente hermosos.

3. LEONOR: NIÑA O MUJER
       Como muchos sabrán, Leonor Izquierdo tenía, cuando se casó, 15 años, frente
a los 34 recién cumplidos de Antonio Machado. También es conocido el hecho de que

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Leonor tenía 13 años cuando conoció a Antonio y tuvieron que esperar a que Leonor
cumpliera los 15 para que se pudieran casar, ya que era la edad legal para ello y con
permiso paterno.

       “Apenas sabemos nada acerca del desarrollo de la relación que, de entrada,
desconcierta por la poca edad de Leonor”, insiste Ian Gibson en su “Ligero de
equipaje”. En efecto, poco se sabe de esa relación, pues, aunque no se ha destacado
apenas este hecho, la discreción fue una de las virtudes que más cultivó Antonio
Machado a su paso por Soria.

        También conocían aquella relación, José María Palacio, casado con una prima
de Leonor, D. Gregorio Martínez Martínez, Director del Instituto General y Técnico, y el
catedrático del Instituto, D. Federico Zunón, que fue el encargado de hacer la petición
de mano, en nombre de la madre de Antonio Machado. Y conocían asimismo a Leonor
muchos de los habitantes de Soria: vecinos, amigas, amigos, familia, etc. Es decir, que
la niña, la amiga que juega con sus amigas, la soriana, la hija de sorianos, Leonor
Izquierdo, fue siempre para ellos, y para nosotros, por supuesto, la mujer que decidió
compartir con Antonio Machado —uno de los intelectuales más importantes de la
historia contemporánea española— los últimos tres años de su vida.

       Heliodoro Carpintero, que dedicó muchas horas de su vida a investigar los
años sorianos de Machado, estableció una interesante hipótesis: el poeta, al principio,
vería en Leonor a “una niña de 13 años que, sin duda, tuvo que evocarle a la hermana
muerta”. Es posible. Como sabemos, el fallecimiento de Cipriana en 1900, a los 14
años, había sido un golpe muy duro para la familia. Pero ¿cómo, para un hombre tan
tímido con las mujeres, quizás temeroso de ser rechazado, tratar de iniciar el
noviazgo? Según Carpintero, acudió a un “curioso procedimiento” para cerciorarse de
los sentimientos de Leonor, que era declarar los suyos en unos versos y dejarlos “con
cuidadoso descuido” para que ella los leyera.

        Se trataba del poema, originalmente titulado “Soledades”, que terminaba,
después de la evocación de una monjita espiada por el poeta, con tres versos, de
divertida rima, acerca de cuya significación la pretendida no podía albergar ninguna
duda:

       “Y la niña que yo quiero,

       ¡ay! preferirá casarse

       con un mocito barbero”.

      Leonor decidió que lo que ella prefería era casarse con el poeta —parece ser
que hubo realmente un joven barbero—, y de alguna manera se lo hizo saber así.
Machado luego pidió su mano a través de Federico Zunón Díaz, su colega de instituto
y compañero de pensión.

       Antonio Machado y Leonor se casaron el 30 de julio de 1909, a las 10 de la
mañana, en la iglesia de Santa María la Mayor. En el recorrido que hacen desde la
calle de los Estudios hasta la plaza de San Blas y el Rosel, girando al llegar a la
izquierda para acceder ya desde la calle Collado hasta la Plaza Mayor, se acercan
multitud de curiosos, algunos de intenciones dudosas. La madrina es la madre de don

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Antonio, doña Ana Ruiz, mientras que el padrino será un tío de Leonor, don Gregorio
Cuevas Acebes, de profesión cirujano-dentista.

        Cuando termina la ceremonia y salen los novios ya casados, un grupo de
personas escondidas bajo los soportales, increpan a la pareja con burlas y gritos. La
diferencia de edad es la causa de este incidente. Antonio Machado sólo se quejó de la
ceremonia, que calificó años más tarde como “un verdadero suplicio”. Las muestras de
intolerancia que, al parecer, tuvo que soportar el matrimonio, no empañaron en
absoluto su absoluta admiración por la ciudad y por sus gentes: “Soria —proclamaría,
junto a la ermita de San Saturio, en 1932— es una escuela admirable de humanismo,
de democracia y de dignidad.”

       Un periódico local, Tierra Soriana, escribió: "A la boda asistió el Claustro de
profesores del Instituto y un buen número de amigos y familiares de los contrayentes.
Los invitados fueron espléndidamente obsequiados en casa de los padres de la novia
con pastas, dulces y licores exquisitos… A propósito de la ceremonia de ayer no nos
explicamos todavía la insana curiosidad que en actos semejantes se suele despertar
en gentes desocupadas. Tampoco nos explicamos lo ocurrido anoche en la estación,
donde unos cuantos jóvenes inmaduros faltaron el respeto que se debe a todo el
mundo, y que desdicen mucho de la indudable cultura de nuestro pueblo."

4. MACHADO: DUELO POR LA MUERTE DE SU ESPOSA
       Tras la ceremonia, los recién casados pensaban llegar a Barcelona en viajes de
bodas, pero no se pudo por los sucesos de la Semana Trágica. En Zaragoza se
enteran de que, debido a la huelga general que se ha declarado en Barcelona como
protesta por el envío de reservistas a África, se ha cortado la comunicación ferroviaria
con la misma. Pasaron entonces el verano en Fuenterrabía. Vueltos a Soria, tras un
período de trabajo escolar, se le concede a Machado una beca para seguir cursos de
Filología Francesa en París y perfeccionar sus conocimientos de lengua francesa,
situación que aprovecharía para asistir a algunas clases de filosofía dictadas por
Henry Bergson.

      Los años que transcurrieron hasta la muerte de Leonor (el 1 de agosto de 1912)
fueron, seguramente, los únicos verdaderamente dichosos en la vida del poeta. En
una carta dirigida muchos años después desde Segovia a don Pedro Chico, que habitó
en la misma casa soriana, escribe: «Si la felicidad es algo posible y real —lo que a
veces pienso— yo la identificaría mentalmente con los años de mi vida en Soria y con
el amor de mi mujer, cuyo recuerdo constituye el fondo más sólido de mi espíritu».

       Partió con su mujer a París a comienzos de 1911. La enfermedad de Leonor se
manifestó de súbito en París, en la víspera del 14 de julio, en medio de la alegría
general y el alboroto de los festejos de la fiesta nacional. De modo inesperado se
presenta la hemoptisis "como si cien cuchillos hubieran desgarrado por dentro a la
delicada mujer". Tras un mes y medio de internación, el médico recomienda la vuelta a
España. Machado, escribirá una carta a su amigo Rubén Darío contándole lo sucedido
y la necesidad de prestarle algún dinero para volver a Soria con su enferma esposa.
Un período de alivio en Soria, pero hacia finales de año, sufre una recaída que acelera
la dolencia. El fin está cada vez más cerca.

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Antonio no quiere saber nada ni hacer otra cosa que no sea vivir prendido del
curso de la enfermedad de su esposa. Más enamorado que nunca, se olvida de su
poesía, de su cátedra, de cuanto le atañe o le rodea. Pérez Ferrero describe los
cuidados de Antonio, su heroísmo al luchar por su vida, su desesperación cuando
sabe que va a perderla, al punto de hacer todo lo posible por provocarse el contagio
del mal y no sobrevivirle.

       Ráfagas de obseso le cruzan la mente. A escondidas posa los labios donde la
enferma acaba de beber, respira avariciosamente su aliento, se recrea en el tacto de
todo lo que ella toca; aunque en momentos de calma comprende la necesidad de su
fortaleza para atender su cuidado.

       A ella, la exquisita solicitud de su marido la colma de consuelo. Se diría que es
completamente feliz, por lo animosa que está y por su claro optimismo, que no decae.
Como necesita tomar aire, Antonio ha hecho fabricar un cochecito que él mismo
empuja. Su paso es un espectáculo que la ciudad contempla llena de emoción y
respeto. Cada día sube con Leonor hasta la ermita del Mirón y la deja en la tapia para
que le dé el sol. Mientras, Antonio, se asoma con la excusa de ver el paisaje. Llora sin
consuelo, ante la injusticia de su vida y de su mujer. Pero de un hilo depende la
felicidad del hombre.

       Sin embargo, pese a los atentos cuidados de su esposo, el 1 de agosto de 1912,
“a las diez de la noche, en la calle Estudios nº 7, a los 18 años de edad, casada con
don Antonio Machado Ruiz, de cuyo matrimonio no ha quedado sucesión” muere
Leonor, según recoge el Acta de defunción. Los periódicos locales recogen la noticia:
“Los funerales se celebrarán al día siguiente en la iglesia de La Mayor donde, casi
exactamente tres años antes, se habían casado. Sus restos reposarán en el
Cementerio de El Espino. Había nacido en Almenar de Soria el día 12 de junio de
1894. Descanse en paz”. Ocho días más tarde, Antonio Machado, abatido por la
tragedia, abandonará Soria. Su etapa soriana quedaría físicamente cerrada para
siempre, aunque el recuerdo de estas tierras y de su joven amor permanecerían en la
memoria del poeta hasta su muerte. Volvería veinte años después (el 5 de octubre de
1932) para recibir el homenaje de la ciudad, otorgándole el título de Hijo adoptivo de
Soria, en la Plazoleta de San Saturio, llamada “Rincón del poeta”. Tenía 57 años.

      En la ficha facilitada a Miguel Moreno Moreno por el Capellán del Cementerio,
Félix Losada, en Soria, el 31 de agosto de 1854, se hace constar que el día 13 de
mayo de 1938 se exhumaron los restos, que se hallaban en la sepultura nº 432 grado
2º, 1º Norte, trasladándose a la sepultura nº 810 grado 1º, 2º Norte de este mismo
cementerio, con su lápida primitiva, donde actualmente reposan.

       El homenaje y el cariño que recibe el poeta por parte de todos los sorianos es
grande. La noticia de su fallecimiento fue recogida en todos los periódicos sorianos. El
diario El Porvenir Castellano publicaría el 5 de agosto la esquela en la primera página:
“Doña Leonor Izquierdo Cuevas de Machado, falleció en Soria el 1 de agosto de 1912,
a los 18 años de edad. La redacción de El Porvenir Castellano: su desconsolado
esposo, D. Antonio Machado; padres D. Ceferino Izquierdo y D.ª Isabel Cuevas; madre
política, D.ª Ana Ruiz; hermanos. Sinforiano y Antonia; hermanos políticos, D. Manuel,
D. José, D. Joaquín, D.ª Eulalia y D. Francisco y demás familia, SUPLICAN A LOS
LECTORES UNA ORACIÓN POR EL ALMA DE LA FINADA. D.E.P.”.

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José María Palacio, amigo del poeta y director del periódico local El Porvenir
Castellano, escribiría el mismo día 5 de agosto en un artículo: “Pocas veces con más
razón que en la presente podremos decir que el dolor embarga nuestro ánimo y que es
muy difícil que el entendimiento tenga la lucidez necesaria para reflejar sobre unas
cuartillas la verdad y la intensidad de aquel. Ha muerto la esposa amantísima de
nuestro entrañable, del amigo del alma don Antonio Machado. Doña Leonor Izquierdo
de Machado, tan joven, tan buena, tan bella, tan digna del hombre en cuyo corazón es
todo generosidad y en cuyo cerebro dominan potentes destellos de inteligencia, ha
muerto, y ¡parece mentira! ¡Pobre Leonor!... Yo añadiría: “¡Y pobre Antonio!

El poeta dialoga con la muerte.

Una noche de verano
estaba abierto el balcón
y la puerta de mi casa-
la muerte en mi casa entró.
Se fue acercando a su lecho
—ni siquiera me miró—
con los dedos muy finos
algo muy tenue rompió.
Silenciosa y sin mirarme,
la muerte otra vez pasó
delante de mí. ¿Qué has hecho?
La muerte no respondió.
Mi niña quedó tranquila,
dolido mi corazón.
Ay, que lo que la muerte ha roto
era un hilo entre los dos.

       Dos años después de que Machado compusiera este poema, Sigmund Freud,
refiriéndose a otro poeta taciturno, joven y célebre, escribía tres páginas hermosas
bajo el título de "Lo perecedero".

      El poeta en cuestión había expresado una encendida reflexión sobre las
consecuencias anímicas de perder lo que amamos o de comprender de pronto la
caducidad de lo que creíamos estable. Afirmaba que de ello pueden derivarse dos
tendencias psíquicas. Una conduciría al hastío del mundo, a la incapacidad de
solazarse frente al esplendor de la belleza condenada a perecer; la otra, a la rebeldía
contra esta pretendida fatalidad.

      En la obra de Machado encontramos testimonios de esta última reacción:

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

                                                                                     7
Pareciera cotejarse, en actitud prometeica, con la fuerza de Dios, elevando el
clamor de su rebeldía.

       Con Machado comprendemos que en el duelo vive también la esperanza: el
creer firmemente que uno recobrará el objeto perdido.

Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.

Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.

¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!...

Vive esperanza: ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!

Y en otra

Dice la esperanza: un día
la verás, si bien esperas.

Dice la desesperanza:
sólo tu amargura es ella.

Late corazón...no todo
se lo ha tragado la tierra.

5. LEONOR: MUJER REAL Y PERSONAJE LITERARIO
      Leonor aparece en la obra poética de Antonio Machado muy poco antes de su
muerte, en un poema descubierto, en 1989, por la profesora María Luisa Lobato, y que
no forma parte de ninguna antología aprobada por el poeta. El poema se titula: Yo
buscaba a Dios un día. En él, Antonio Machado habla de ella como:

La muerte ronda mi calle.

Llamará.

¡Ay, lo que yo más adoro

                                                                                  8
se lo tiene que llevar!

Su muerte parece inminente:

La muerte llama a mi puerta.

Quiere entrar.

      Y, entonces, el poeta no puede contenerse y reta y suplica a quien él considera
autor de la injusticia:

¡Ay! Señor, si me la llevas

ya no te vuelvo a rezar.

¡Ay!, mi corazón se rompe

de dolor.

¿Es verdad que me la quitas?

No la quites, Señor.

     Muerta, el poeta vuelve a repetir la misma idea en un poema publicado, éste sí,
en Campos de Castilla, en la edición de 1917:

“Señor, ya me arrancaste lo que más quería.

Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.

Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.”

(CXIX)

       Machado parece fundir en esas expresiones, separadas únicamente por el
tiempo (presente-pasado) todos sus sentimientos, todos sus años de convivencia,
discreta e íntima, respetable y real, con su mujer. “Lo que más adoro”, “Lo que más
quería” es el testimonio de la presencia real de Leonor en la vida de Machado, cuya
“voluntad humana” de continuar con esa relación se enfrenta en combate perdedor con
la “voluntad divina” de que eso no ocurra así.

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Leonor se ve representada, en otros poemas, por el pronombre ella: su
compañera, el sueño frustrado, la ausencia añorada que le produce dolor y esperanza
a la vez:

“¡Ay, ya no puedo caminar con ella!”,

“esta amargura que me ahoga fluye

en esperanza de Ella”.

     Leonor es también el tú (pronombre) o el tu (adjetivo posesivo), evocación
soñada de un pasado vivido, verdadero, poseedor de su amor:

“Soñé que tú me llevabas

por una blanca vereda,

en medio del campo verde,

hacia el azul de las sierras,

hacia los montes azules,

una mañana serena.

Sentí tu mano en la mía,

tu mano de compañera,

tu voz de niña en mi oído

como una campana nueva,

como una campana virgen

de un alba de primavera.

¡Eran tu voz y tu mano,

en sueños, tan verdaderas!...

Vive, esperanza, ¡quien sabe

lo que se traga la tierra!

(CXXII)

                                                                                10
La voz de niña —real— le acerca al tú, a ella, al ser cercano, próximo,
compañero. La mano se convierte en el símbolo nostálgico del apoyo, del respeto, de
la generosidad. Curiosamente, cuando tanto se sigue insistiendo en la condición de
niña de Leonor, Antonio Machado destaca el hecho de que fuera ella, Leonor, su
mujer: “quien asentó mis pasos en la tierra”, dirá en Campos de Castilla (poema CXLI).

“Mas hoy… ¿será porque el enigma grave

me tentó en la desierta galería,

y abrí con una diminuta llave

el ventanal del fondo que da a la mar sombría?

¿Será porque se ha ido

quien asentó mis pasos en la tierra,

y en este nuevo ejido

sin rubia mies, la soledad me aterra?

No sé, Valcarce, mas cantar no puedo;

se ha dormido la voz en mi garganta,

y tiene el corazón un salmo quedo.

Ya sólo reza el corazón, no canta.”

(A Xavier Valcarce)

      Leonor aparece una única vez en la obra de Machado con su nombre propio,
LEONOR: “¿No ves, Leonor,…?” En ese momento, y para siempre ya, Leonor
adquiere la talla de una personalidad perfectamente definida, autónoma,
independiente de la del poeta, a quien éste evoca, desde la distancia, desde el sueño
—más fuerte y más puro, muchas veces, que la realidad—, con absoluto respeto y
devoción:

“Allá, en las tierras altas,

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, entre plomizos cerros

                                                                                   11
y manchas de raídos encinares,

mi corazón está vagando, en sueños…

¿No ves, Leonor, los álamos del río

con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame

tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,

bordados de olivares polvorientos,

voy caminando solo,

triste, cansado, pensativo y viejo.”

                                  (CXXI)

      Leonor, esa niña de la que tanto se habla, personaje anónimo, secundario para
los demás, no lo fue nunca para Antonio Machado. Solo es niña para él cuando muere,
porque en ese momento, el tú, el ella, la mano, la voz, la evocación de su nombre,
pierden todo su significado anterior, sustituido por la presencia real del cuerpo inmóvil,
derrotado, muerto. El sentimiento del amor conyugal se transforma entonces, solo
entonces, con toda la fuerza que ocasiona el dolor por la pérdida de un ser querido, en
sentimiento de piedad. El poeta ya no canta, reza, conmovido, ante el cadáver del ser
humano, joven además, de la niña, a la que la muerte, cruel, inmisericorde, ha
arrebatado la vida. Sentimiento humano que todos nosotros hemos expresado alguna
vez en nuestra vida ante una situación parecida. De ahí que el poema nos parezca tan
cercano, tan claro, tan sencillo, tan plegaria amorosamente humana:

“Una noche de verano

—estaba abierto el balcón

y la puerta de mi casa—

la muerte en mi casa entró.

Se fue acercando a su lecho

—ni siquiera me miró—

con unos dedos muy finos,

                                                                                       12
algo muy tenue rompió.

Silenciosa y sin mirarme,

la muerte otra vez pasó

delante de mí. ¿Qué has hecho?

La muerte no respondió.

Mi niña quedó tranquila,

dolido mi corazón.

¡Ay, lo que la muerte ha roto

era un hilo entre los dos!

(Lora del Río, 1913, CXXIII)

      El concepto “niña” en la poesía de Antonio Machado no tiene nada que ver con
la edad. Para él, el niño, la niña, lo infantil, es lo más noble de lo humano:

“Una mujer para un hombre, —escribe a Guiomar— como yo al menos, es siempre
una niña.”

“Yo también, a pesar de mis impurezas, y de mi larga experiencia de la vida, me siento
a veces niño, sobre todo cuando estoy a tu lado. Y lo más grande del amor consiste en
esto; que hace revivir en nosotros lo infantil, que es lo más noble de lo humano.”

      Antes de morir, Leonor, para Machado, fue siempre la mujer, su mujer, su igual-
diferente. Y así lo deja escrito en las cartas —correspondencia privada— que escribe a
Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Unamuno, Pedro Chico y Rello.

      Citaré, entre otros algunos ejemplos:

“Una enfermedad de mi mujer, que me ha tenido muy preocupado y convertido en
enfermero”, escribía a Ruben Darío en julio de 1911.

“Voy camino de Soria en busca de la salud de mi mujer”, escribe al mismo Ruben
Darío, dos meses más tarde.

“Hace dos años me casé y una larga enfermedad de mi mujer a quien adoro, me
tiene muy entristecido.”, escribe a Juan Ramón Jiménez.

“Cuando perdí a mi mujer pensé pegarme un tiro.” “La muerte de mi mujer dejó mi
espíritu desgarrado. Mi mujer era una criatura angelical segada por la muerte
cruelmente. Yo tenía adoración por ella; pero sobre el amor está la piedad. Yo
hubiera preferido mil veces morirme a verla morir, hubiera dado mil vidas por la suya.

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No creo que haya nada extraordinario en este sentimiento mío. Algo inmortal hay en
nosotros que quisiera morir con lo que muere. Tal vez por esto viniera Dios al mundo.
Pensando en esto, me consuelo algo. Tengo a veces esperanza. Una fe negativa es
también absurda. Sin embargo, el golpe fue terrible y no creo haberme repuesto.
Mientras luché a su lado contra lo irremediable me sostenía mi conciencia de sufrir
mucho más que ella, pues ella, al fin, no pensó nunca en morirse y su enfermedad no
era dolorosa. En fin, hoy vive en mí más que nunca y algunas veces creo
firmemente que la he de recobrar. Paciencia y humildad.” (Carta a Unamuno, abril
de 1913).

“Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada —allí me casé; allí perdí a mi
esposa, a quien adoraba—, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial
castellano.” (Prólogo a “Campos de Castilla”, 1917).

“Vive usted en un pueblo al que profeso un cariño entrañable. Si la felicidad es algo
posible y real – lo que a veces pienso – yo la identificaría mentalmente con los
años de mi vida en Soria y con el amor de mi mujer, a quien como V. sabe, no me
he resignado a perder pues su recuerdo constituye el fondo más sólido de mi
espíritu…. No puedo hacerlo porque mi vida —con harto dolor de corazón— me ha
alejado de Soria.” (Carta a Pedro Chico y Rello, 1919).

      La mujer para Machado es lo diferente, lo otro del hombre, a su mismo nivel en
todos los órdenes. Tan convencido está de no ser más que Leonor, ni más que las
mujeres sorianas con las que compartió todo durante cinco años de su vida, que no
duda en expresar su opinión, en 1913, sobre el papel de la mujer y del hombre en la
España de su época:

“No he sido nunca mujeriego y me repugna toda pornografía. Tuve adoración a mi
mujer y no quiero volver a casarme. Creo que la mujer española alcanza una virtud
insuperable y que la decadencia de España depende del predomino de la mujer y de
su enorme superioridad sobre el varón.”

       Y esa mujer, la mujer española, no era una mujer desconocida. En absoluto. Se
llamaba Leonor Izquierdo Cuevas, y se llamaba como aquellas mujeres que en aquel
año de 1907 pedían limosna, en Soria, en los actos organizados con motivo del
natalicio, aquel año, del hijo del Rey Alfonso XIII, Alfonso Pío Cristino Eduardo:

“Por eso el reparto de limosnas —escribe Benito Artigas Arpón en Tierra Soriana—, se
 vio extraordinariamente concurrido. Quinientas madres o hermanas, pálidas,
 anémicas, consumidas por las privaciones, víctimas de la miseria, acudieron a donde
 la Caridad se ejercía.

Iban con los ojos enmatecidos por el llanto.

¡Quinientas madres o hermanas en éxodo trágico!

¡La tercera parte de la población indigente!

Y se pretendía que en el arca del llanto se colgaran vistosas telas.”

                                                                                  14
Eran, todas, mujeres de Soria, mujeres de España, como Leonor, dignas y
sabias.

6. LEONOR: UN PERSONAJE DE LITERATURA
        Leonor, en la obra de Machado, es uno más de los personajes literarios con los
que completa su universo poético. Leonor, ser real, con una biografía perfectamente
delimitada, aunque desconocida, se convierte, en la poesía de Antonio Machado, en
un personaje que responde a una cierta concepción de su discurso poético.

       Pero, para evitar equívocos sobre la presencia de sus personajes en su obra,
puntualiza: “No es la lógica lo que el poema canta, sino la vida, aunque no es la vida lo
que da estructura al poema, sino la lógica.”

        Es decir que, admitiendo que Leonor pueda ser considerada como un
personaje literario, todo lo que sobre ella escribe tiene su origen en la experiencia de
la vida compartida. La figura de Leonor admite, en ese sentido, como no cesan de
repetir los especialistas, una doble lectura: “de frente” y “al sesgo”; ser real, ser
imaginado; Leonor y Leonor.

      Antonio Machado, por lo tanto, no entiende la lírica al margen de la vida, al
margen del “pensar generico”, contexto histórico de todos y cada uno de sus
personajes:

“Se ignoraba, o se aparentaba ignorar, que un poema es —como un cuadro, una
estatua o una catedral—, antes que nada, un objeto propuesto a la contemplación del
prójimo, y que no sería tal objeto, que carecería en absoluto de existencia, si no
estuviese construido sobre el esquema del pensar genérico, si careciese de lógica, si
no respondiese, de algún modo, a la común estructura espiritual del múltiple sujeto
que ha de contemplarlo.” (Reflexiones sobre la lírica).

“El poema sería ininteligible, inexistente para su propio autor, sin esas mismas leyes
del pensar genérico, pues sólo merced a ellas puede el poeta captar el íntimo fluir de
su conciencia, para convertirlo en objeto de su propio recreo.” (Reflexiones sobre la
lírica).

Todo producto del arte, por humilde que sea, estará siempre dentro de la ideología y
de la sentimentalidad de una época.” (Reflexiones sobre la lírica).

Pero, además, como terminaba Marina Durañona, profesora de la Universidad de
Buenos Aires, la conferencia que dio aquí, en Soria, en 1994: “Leonor y la verosimilitud
del sueño creador”:

 “Pero además, si Leonor es ella (el personaje de literatura, por decirlo de alguna
manera), Soria es mucho más que el telón de fondo de los años de una vida
compartida; es “el paisaje soñado” desde la quimera de un todavía jamás cerrado. Es
la tierra del misterio que al no dejar saber “lo que se traga la tierra“abre el vaso
comunicante de los complementos machadianos: yo - tú; presencia - ausencia;

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esperanza - desesperanza. Es el piso que dibuja inmortalmente la huella de una
pisada memorable. Como La Mancha dibuja aún la de Quijote o como la lejana pampa
argentina reproduce la de Martín Fierro.

      Soria soñada es tierra de milagro siempre vigente; de caminos mágicamente
recuperados para quien se lleve en el daguerrotipo de la retina y de las galerías del
alma la imagen inalterable de las rudas moles de piedra estampadas en palabras entre
las que resuena con eco inacabable el nombre de Leonor.”

       Porque las imágenes poéticas no son sino una parte de las imágenes que el
escritor, Antonio Machado, quiere proyectar, intenta enviar a sus lectores, de su
experiencia vivida en Soria. Es esa experiencia de la vida que tan bien ha explicado
Julián Marías en su artículo, “Antonio Machado y la Experiencia de la vida”:

“Y surge la experiencia de su propia vida en un lugar definido:

Yo en este viejo pueblo paseando

solo, como un fantasma.

       Y la experiencia de la vida de los demás, con los cuales se siente en comunión
fraterna.

       Y la historia entera: la vida que pasa aquí y ahora: en Soria, en Castilla, en la
ribera del Duero, entre San Polo y San Saturio, junto a los álamos del amor. La vida de
que Antonio Machado tiene experiencia, la de cada cual, circunstancial y única,
destino libremente aceptado, porque “nadie elige su amor”.

       Todo eso que nos legó “en esa magia, ese encanto o hechizo de comunicación
que es el carmen, el poema, esa forma viviente que es capaz de transmigrar sin
alterarse, sin perder su temblor, de un alma a otra alma.”

      El poema es el milagro que dignifica absolutamente la experiencia de la vida, de
la vida en Soria, de Leonor Izquierdo Cuevas, hija de Ceferino Izquierdo Caballero y
de Isabel Cuevas Acebes.

       Ese es el milagro poético y humano al que contribuyó, con su presencia real e
imaginada, Leonor Izquierdo Cuevas. Es indudable que Leonor Izquierdo ejerció un
influjo en la obra de Antonio Machado. Fue ella quien, como escribe él, “asentó mis
pasos sobre la tierra”. Sobre la tierra de Soria. Y le hizo comprender mejor la tierra y
las gentes que la habitaban. Porque, contra lo que parece algunas veces, Antonio
Machado no vivió, entre 1907 y 1912, en una ciudad vacía.

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7. CONCLUSIÓN
      A pesar de la insistencia de Antonio Machado en asociar a su mujer con Soria; a
pesar de que fue aquí, en Soria, en donde se produjo el milagro del amor (Nadie elige
su amor), Leonor sigue siendo un personaje casi marginal.

        Leonor no es ni siquiera una musa al uso; no forma parte, por falta de datos,
por falta de interés, de las grandes musas, con biografía propia, de los grandes
hombres de todos los tiempos: Elsa Triolet, escritora rusa, la mujer de Louis Aragon;
Gala (Helena Dmitrievna Diakonova), de Paul Eluard; Jacqueline Roque, de Pablo
Picasso, etc.

        Y, sin embargo, Leonor es un actor fundamental —real— en la vida de uno de
los escritores españoles más importantes de la literatura universal: es la
representación más natural del otro, de lo otro, de la mujer junto al hombre, de lo otro
junto al yo, de la diferencia, de la complementariedad. Fue la mujer, la voz, la mano,
amigas, con las que Antonio Machado compartió la vida, lo más íntimo, lo más natural,
aquí, en Soria.

         Murió, es verdad, demasiado joven; pero queda en el recuerdo, humano y
literario, como la mujer de Don Antonio Machado, la mujer soriana, que le ayuda a
comprender mejor la vida en Soria, la vida en Castilla, la vida en España, la vida de
todos los días en una parte concreta del planeta. Leonor es, en definitiva, la
representante, el símbolo permanente, de esos habitantes “sabios y dignos”; de esa
Soria “maestra de castellanía, que siempre nos invita a ser lo que somos y nada más.
¿No es esto bastante?”

       Si es bastante para el poeta, para uno de los intelectuales más importantes de
la España Contemporánea, ¿por qué no lo es para muchos intelectuales de hoy en
día, que siguen sin convencerse de que Soria, Leonor Izquierdo, Antonio Machado,
esa comunión perfecta entre los dos, poeta y pueblo de Soria, de la que habla Julián
Marías, sea bastante?

       Por eso, yo diría, con toda humildad, pero con toda la fuerza que me da el
convencimiento intelectual, que Leonor no solo tuvo un influjo decisivo en la obra
poética de su marido, Don Antonio Machado, sino que además ella es el símbolo más
claro de la Soria sabia y digna, de la España sabia y digna, del pueblo soriano y
español, sabio y digno, al que el poeta alude siempre con respeto y admiración:

“Mi amor a Soria es grande; y el tiempo, lejos de amenguarlo, lo depura y acrecienta.
Pero en ello no hay nada que Soria tenga que agradecerme. ¿Quién en mi caso no
llevaría a esa tierra en el alma?” (Carta a José Tudela, 1924).

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