DISCURSO DEL ACADÉMICO PROF. JULIO RODRÍGUEZ BERRIZBEITIA, PRESIDENTE PARA EL NUEVO PERÍODO 2021-2022

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DISCURSO DEL ACADÉMICO
PROF. JULIO RODRÍGUEZ BERRIZBEITIA,
PRESIDENTE PARA EL NUEVO PERÍODO
             2021-2022
BOLETÍN DE LA ACADEMIA DE CIENCIAS POLÍTICAS Y SOCIALES Nº 162 – enero-MARZO 2021
Páginas: 201-214                                                             ISSN: 0798-1457

           Discurso de toma de posesión de la presidencia de la
                Academia de Ciencias Políticas y Sociales
                   Prof. Julio Rodríguez Berrizbeitia
                          19 de marzo de 2021

     El día de hoy nos convoca a celebrar un acto que pone de relieve
una de las tradiciones más importantes de nuestra Institución. Traemos
a nuestra memoria, como si lo hubiéramos vivido todos, aquel 19 de
marzo de 1917, a las cuatro y media de la tarde, cuando se instaló la
Academia de Ciencias Políticas y Sociales, en el salón de Bibliografía
Nacional de la Biblioteca Nacional, fecha en la cual se eligieron los
miembros de la primera Junta Directiva. Por eso hoy realizamos este
acto que pone de relieve aquel momento en el cual la Academia nombró
a su Junta Directiva inicial.
     Los tiempos han cambiado, pero sigue presente, tal como lo ha
señalado el académico Eugenio Hernández-Bretón, expresidente de la
Corporación, “que los juicios racionales se imponen por el esfuerzo
incesante de los hombres y de las mujeres que no vacilan ante la íntima
conciencia de su indeclinable responsabilidad intelectual con el país”.1
A fin de cuentas la naturaleza de nuestra misión está marcada por ese
compromiso intelectual al que se refiere Hernández-Bretón.
     Hoy frente al futuro que se vuelve presente día a día como ma-
nifestación implacable del tiempo, queremos hacer un reconocimiento
sincero a la obra realizada por Humberto Romero-Muci durante los dos
años que le tocó llevar adelante a la Corporación. Lo anterior lo debe-
1   Eugenio Hernández-Bretón, Prefacio, Libro Homenaje. A la Academia de Ciencias Políticas
    y Sociales en el Centenario de su fundación. 1915-2015, Tomo I, Colección Centenario,
    Caracas, 2015. pp. XXVII y XXVIII.

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mos hacer extensivo a los académicos que lo acompañaron en la Jun-
ta Directiva. Todos ellos, más la valiosa adición del profesor Gerardo
Fernández forman parte de la junta que hoy juramentamos y componen
un grupo de profesionales altamente competentes que comparten una
devoción común por la consecución de los fines planteados por la Cor-
poración. A veces frente a las dificultades que la historia nos plantea y
que también ha planteado a los académicos que nos precedieron, tende-
mos a pensar más en las dificultades que en las oportunidades; más en
las diferencias que en las semejanzas; más en la sobrevivencia que en el
crecimiento y la consolidación institucional.
      Frente a ello se plantea un realismo esperanzado, el cual puede
ser reforzado con una virtud que la ciencia espacial de hoy ha repetido
insistentemente en los últimos días: “perseverancia”. Con el ánimo de
mostrar a ustedes unas líneas generales que guiarán la ruta a recorrer,
se elaboró con un grupo de académicos, un trabajo que llamamos “Pro-
puesta de Gestión de la Junta Directiva de la Academia de Ciencias
Políticas y Sociales de Venezuela, 2021-2022”. Dicho trabajo sometido
a la consideración de todos los académicos constituye un instrumento a
ser complementado y mejorado con el apoyo de todos ustedes. Nunca
en la historia más que centenaria de la Institución se había anunciado
previamente al proceso de selección de la Junta Directiva un documen-
to de tal naturaleza.
      No se trató sólo de determinar problemas, alternativas, costos es-
tratégicos asociados a las alternativas, patrones, valores y presiones del
entorno. Lo más importante era quizás, como señala el exdecano de
la Kennedy School of Government de Harvard University, Graham T.
Allison: “No debemos preguntarnos cuáles objetivos cuentan… para la
selección de una acción, sino más bien qué factores pueden determinar
un resultado”.2 A fin de cuentas, está en manos de todos determinar si
lo planteado por la hoy Junta Directiva era demasiado ambicioso o no.
Todo ello sin perder, lo cual no es negociable, el compromiso intelec-
tual al cual nos hemos referido.

2    Graham T. Allison, Essence of Decision. Little, Brown and Company, Boston, 1971. p. 255.
     En la cita Graham se refiere expresamente a la elección por parte de las naciones lo cual en
     un análisis institucional puede llevarse a instituciones como las académicas.

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     A continuación, con la venia de los señores académicos, quisiera
referirme a tres aspectos fundamentales: el país, el Derecho frente al
futuro y algunas consideraciones acerca del substrato que anima nuestra
actividad intelectual.
     La dificultad de los venezolanos para establecer un sistema con-
sensuado de gobierno, basado en el respeto, el diálogo y el pluralismo
–característico de las democracias– ha sido histórico. La sombra per-
manente de la figura del caudillo o del jefe indispensable para gobernar
y “poner orden”, ha estado mezclada desde la época de la independencia
con la de los líderes militares, acostumbrados a imponer por la fuerza
de las armas su voluntad única y autocrática, y el pueblo a obedecerles.
     ¿No hemos podido los venezolanos demostrar que somos capaces
de gobernarnos mediante un sistema civilizado, de imperio de la ley,
producto de amplio consenso social?
     Ese fue el gigantesco esfuerzo de los líderes políticos salidos de
la Universidad en la primera mitad del siglo veinte. Un esfuerzo que
fracasó en su primer intento, por el sectarismo y la violencia política
desatada, consustanciales a nuestra manera de ser, y que abrieron la
puerta de nuevo a la justificación histórica de los gobiernos autocráti-
cos. Esa manera de ser que se ha reflejado en el orden político, el más
elevado sistema de organización de la sociedad, y que ha estado presente
igualmente en toda manifestación grupal de la vida social venezolana.
     Fue en la segunda mitad del siglo XX, cuando la experiencia vivi-
da e interiorizada, por esos mismos líderes salidos de la Universidad y
frustrados en su primer intento, la que los llevó a concretar el Pacto So-
cial que permitió el establecimiento de las instituciones democráticas.
Fue un ensayo que, con más aciertos que errores, duró apenas cuarenta
años: muy poco para la vida de una nación. Sin embargo, esa etapa se
convirtió en la de mayor progreso y ascenso social en toda la historia
del país.
     Vuelta la autocracia y el militarismo al escenario nacional, nos pre-
guntamos si el problema central de nuestra sociedad y su reto funda-
mental sigue siendo la posibilidad de vivir en un orden social de plena
convivencia democrática; en el que exista respeto a las normas; en el
que puedan expresarse libremente las diferentes ideologías y maneras
de pensar, sin imposiciones; en el que tengamos un debate político de

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altura, sin atropellos y descalificaciones personales para doblegar al
contrario, y en el que más bien se promueva la creación de consensos
en función del mejor interés colectivo.
     Una sociedad en la que su mayor orgullo esté, no tanto en la alabanza
de personalismos o de egos de sus figuras destacadas, sino en la con-
creción de un orden social que permita el desarrollo de una primerísima
calidad de vida para todos y cada uno de sus integrantes, conjuntamente
con la posibilidad del crecimiento personal y colectivo en todos los
órdenes.
     Una sociedad en la que sean aprovechadas, justa y racionalmente
para todos sus habitantes, las extraordinarias condiciones y riquezas na-
turales de esta bendita tierra en que tuvimos el privilegio de nacer.
     La situación venezolana nos formula un reto con miras a enten-
derla de forma integral. Algunos podrían decir con el sociólogo nor-
teamericano Robert K. Merton que nos encontramos con una situación
“anómica” que requiere de un análisis estructural funcional. Tal como
la antropología del siglo veinte ha mostrado (Marc Abélès entre otros)
el poder y la representación son como las dos caras de una misma reali-
dad, y despejar la pregunta relativa a la legitimidad del poder (todos los
días nos la hacemos) en nombre de una crítica de lo jurídico y lo meta-
físico equivaldría a perder de vista algo importante (Marc Abélès diría
botar al bebe con el agua del baño). Tenemos que preguntarle, en el caso
venezolano, al pueblo qué es lo que quiere. Por ser juristas no podemos
excusarnos de hacer esa pregunta. Bajo ella subyace todo el basamento
que explica una parte importante de nuestra realidad actual. En nuestro
análisis debe producirse una confluencia total entre lo político, social y
jurídico. Ese es un mensaje que el tiempo actual nos proporciona.
     A pesar del panorama que nos presenta el país, los académicos
debemos asumir esa responsabilidad intelectual que clama, más que
nunca, el juicio moderado y justo de las situaciones a evaluar. Todo ello
en un ambiente de respeto que exalta nuestra condición de miembros
de una institución representativa de los más altos valores del intelecto
venezolano. Esa es la idea de “sabio” y no otra presente en nuestros do-
cumentos fundamentales. La misma se ha repetido en episodios, dignos
de recordar, a lo largo de nuestra historia. Probablemente, dos de los
académicos más notables del siglo veinte venezolanos fueron los docto-

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res Rafael Caldera y Arturo Uslar Pietri. En el calor del debate político
televisado protagonizado por los dos académicos, el 22 de octubre de
1963, con motivo de las elecciones presidenciales de ese año. Ambos
intelectuales venezolanos esgrimieron argumentos que podían lucir, al
menos desconsiderados, como sucede en este tipo de debates, para la
otra parte. No obstante, en un momento álgido de la discusión televisa-
da el Dr. Rafael Caldera señaló:

        “Una vez me correspondió el alto honor de contestar al doctor
        Úslar su discurso de recepción en la Academia de Ciencias Políti-
        cas y Sociales. Él hizo su discurso acerca del petróleo en Venezuela,
        y recordaba la frase que algunos atribuían a Alberto Adriani, pero
        que el doctor Úslar ha reivindicado para sí y creo que le corres-
        ponde, Sembrar el petróleo. Y yo en mi contestación le planteé que,
        algo más que sembrar el petróleo, se necesita dominar el petróleo.”

     La mención anterior del debate Caldera-Úslar es reproducida en
un ensayo de la profesora Laura Margarita Febres miembro de número
de la Academia Venezolana de la Lengua. En su trabajo, nos interesa
resaltar el siguiente texto:

        “… como dijimos en otro trabajo nuestro: Es en las relaciones so-
        ciales de los hombres donde podemos ver los valores de acción,
        donde podemos estudiar su vigencia, que no necesariamente se co-
        rresponden con la formulación teórica de los valores de una cultu-
        ra. Aunque esta frase la escribimos cuando comentamos la amistad
        que unía a Isaías Medina Angarita con Mario Briceño Iragorry, no
        podemos hablar de amistad entre Rafael Caldera y Arturo Uslar Pie-
        tri, pero sí de un respeto intelectual mutuo entre ambos hombres”.3

     El tema de nuestro país puede definirse con un alcance que cubre
a toda la sociedad, es un tema de carácter. Carácter relativo al manejo

3    Laura Margarita Febres y Luis Augusto Bremo, “El debate entre dos candidatos presiden-
     ciales. Rafael Caldera y Arturo Uslar Pietri en 1963” en Rafael Caldera: estadista y pacifi-
     cador. Centenario de su nacimiento 1916-2016, compilación y prólogo Rafael Arráiz Lucca,
     Ediciones B. Fundación Konrad Adenauer, Universidad Metropolitana, Caracas, 2016. pp.
     453, 454 y 458.

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de las relaciones personales y a las manifestaciones sociales de las mis-
mas. Con gran lucidez lo señaló el académico José Mélich Orsini:

        “Pocas veces en nuestra historia ha tenido la política venezolana
        un signo más nefasto que este que la ha dominado en los últimos
        años: la ausencia de carácter. Hemos padecido en el pasado los
        más aterradores momentos de anarquía y las más obtusas y crue-
        les tiranías, pero al menos había la posibilidad espiritual de que
        algunos hombres puros y altivos salvaran la dignidad de la nación
        y encararan como predestinados el ideal de un futuro más digno y
        glorioso”.4

     No creo que los académicos no seamos capaces de salvar ese ideal
que se contrapone a todos los intereses en juego para dar un salto a
esa exigencia de construcción de futuro. El proceso reflexivo alrededor
del Derecho con el cual pretendemos extender nuestra comprensión del
mundo puede relacionarse con lo señalado hace algún tiempo por el
filósofo francés Jean François Lyotard:

        “Qué quiere decir el término conocimiento lo cual no se refiere a
        una mera declaración denotativa. El también incluye nociones re-
        lativas a “conocer cómo”, “conocer cómo vivir”, “cómo oír”, etc.
        El conocimiento, entonces, es una cuestión de competencia que va
        más allá de las simples determinaciones y aplicaciones del crite-
        rio de verdad extendiéndose a la determinación y aplicación de los
        criterios de eficiencia (calificación técnica), de justicia y o felici-
        dad (sabiduría ética), de la belleza de los sonidos o los colores
        (audición y sensibilidad visual), etc. Entender desde este punto de
        vista, es comprender que el conocimiento es lo que hace a alguien
        capaz de formar declaraciones denotativas “buenas”, pero además
        declaraciones buenas desde el punto de vista prescriptivo y evalua-
        tivo…”.5

     En realidad, el conocimiento, en la forma visualizada por Lyotard,
es una exigencia fundamental del jurista de hoy. El alcance amplio for-
4    José Rafael Mélich Orsini, Los caminos andados, Caracas, 2004. p. 253.
5    Owen Anderson, The natural Law. The Good After Modernity, Cambridge University Press,
     2012. p. 252.

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mulado por el autor citado permite limitar lo reductivo producto de la
habitualidad, cansancio o resignación frente a la exigencia de lo que
debemos conocer a los efectos de traducirlo en fórmulas eficientes de
comprensión del fenómeno jurídico. Si quisiéramos exponer lo anterior
al laboratorio de la experiencia, lo cual no es descartable en el mundo
de hoy, pudiéramos tomar como muestra el papel que lo judicial juega
en el Derecho. Rol que a veces exageramos como el único elemento a
ser considerado. En todo caso, lo que la doctrina llama una aproxima-
ción instrumental parece referirse a la supeditación de lo judicial a con-
sideraciones relativas a las presiones sociales, a los factores políticos,
y a los imperativos económicos. Tal concurso factorial parece poner en
riesgo la consideración lógica presente en el positivismo analítico a la
manera expresada, por ejemplo, por Hart y Kelsen con las variables que
definen dos teorías positivistas diferentes.
     Frente a la apertura de lo jurídico al mundo, por decirlo de alguna
manera, las llamadas teorías organicistas nos aproximan a una forma
autónoma de entender al Derecho en la cual lo “orgánico determina”:
que el Derecho contiene dentro de sí mismo los recursos doctrinales
para su desarrollo; determina sus propias formas de cambio y ajuste a
lo requerido y exige a los juristas seguir un proceso ordenado de desa-
rrollo libre sin determinaciones externas.6
     A veces nos escandalizamos con las muestras jurídicas que el en-
torno gobernante actual del país produce. Ciertamente, hay razones
para ello en un proceso comparativo con lo anterior a ello. No obstante,
olvidamos lo señalado por Oliver Wendell Holmes en 1881:

        “El Derecho encarna la historia del desarrollo de una nación en el
        transcurso de muchos siglos y no puede recibir el mismo trato que
        si no contuviera más que los axiomas y corolarios de un libro de
        matemáticas. Para saber lo que es, hemos de saber lo que ha sido y
        lo que tiende a ser de nuevo”.7

6    Roger Cotterrell, The Politic of Jurisprudence. A Critical Introduction to Legal Philosophy,
     University of Pennsylvania Press, Philadelphia, 1992. p. 156.
7    Oliver Wendell Holmes, The Common Law, Boston MA, Litle Brown, 1881. p. 1.

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     Al final pudiéramos pensar que hemos perdido el Derecho que te-
níamos, particularmente ello es traumático en el país en el cual vivimos,
eso pudiera ser cierto. Pero dicha perspectiva reduce nuestra capacidad
de análisis de la realidad, por limitarse a una comparación que se pro-
duce sobre resultados y prescindiendo del terreno sobre el cual se ha
construido tal desarrollo. En realidad, el Derecho no puede cambiar
prescindiendo del resto de los factores sociales y no tiene, lo cual no es
fácil de admitir, la fuerza necesaria para cambiar a una sociedad por sí
solo. Ello va a exigir de parte del académico de “ciencias políticas y so-
ciales” de un análisis holístico que ponga los botones de cambio social
en su lugar para lograr que añadiendo lo jurídico, cuya importancia no
es despreciable, podamos producir efectos duraderos en una sociedad.
Lo demás es solo un esfuerzo aislado que nos confronta con un muro
político-social en el cual es difícil percibir los efectos de la actividad
jurídica.
     Ciertamente, ello no afecta el tema de lo valorativo en el cual su
presencia siempre va a quedar como manifestación de lo deseable (al
menos desde dicha perspectiva). Lo anterior no es negativo porque nos
exige una amplitud, no reductiva de campos de análisis, si queremos
tener efectos prácticos y duraderos. Lo anterior propone exigencias de
amplitud, en una Academia como la nuestra, que se extiende más allá
de lo jurídico formal. Por otra parte, se impone un dinamismo que so-
brepasa la conformidad derivada en lo que es. Ese es el sentido dentro
del cual Carl Joachim Friedrich señalaba que el jurista carga el acento
más en lo que es y ha permanecido lo mismo que en lo que ha cambiado
y evolucionado.8
     En el fondo como señala Arthur Kaufmann el jurista “debe am-
pliar el ámbito espiritual: es decir su conciencia de los problemas”.9
Estamos frente a situaciones donde la cotidianidad de los problemas no
nos deja, a veces, ver claramente las profundas transformaciones que se
producen en el Derecho. Nos encontramos, siguiendo la obra clásica de
Thomas S. Kuhn, La estructura de las revoluciones científicas (1962)
8    Carl Joachim Friedrich, La filosofía del Derecho, Fondo de Cultura Económico, México-
     Buenos Aires, 1964. p. 342.
9    Arthur Kaufmann, Filosofía del Derecho, Universidad Externado de Colombia, Bogotá,
     2006, p. 29.

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frente a cambios paradigmáticos en el Derecho. Recientemente Ubal-
dus De Vries se refiere a la obra de Kuhn en su aplicación al campo del
Derecho:

         “La frase paradigma legal es usada en la literatura para describir
         una situación particular con respecto a supuestos que son objeto
         de regulación legal. Usualmente, el paradigma legal prevaleciente
         con respecto a esos temas es criticado y argumentos son proporcio-
         nados para iniciar un cambio de los mismos. En cambio, la formu-
         lación de un nuevo paradigma, es percibido como revolucionario
         porque él supone dejar ir (cambiar) asunciones bien establecidas
         acerca del Derecho y cómo regula los temas que están bajo su con-
         sideración.”

         Para el autor que comentamos

         “… así como el Derecho sirve a la sociedad, el entendimiento del
         mismo exige un entendimiento de la sociedad, en un lugar y mo-
         mento determinado. No se trata de cambiar el Derecho de una so-
         ciedad, por más malo que pueda ser incluso bajo una estricta (cosa
         que no siempre sucede) óptica racional. Más bien se trata de cam-
         biar al Derecho con la sociedad usando ese mensaje permanente
         que nos informa todos los días cuál debe ser el camino a seguir. Es
         como guiarnos por un mapa, aunque no nos guste o no lo hayamos
         todavía entendido cabalmente”.10

      Obras como la de Thomas Kuhn, Hilary Putnam y Bruno Latour
ilustran cómo la distancia entre el Derecho, como ciencia cultural y
las ciencias en el sentido tradicional se ha ido acortando. A veces solo
lo vemos en el uso limitado que hacemos de la tecnología actual. Pero
bajo la superficie de la misma subyacen cambios trascendentales que no
percibimos en la rutina que impone el día a día. Juan Luis Cebrián, en
un artículo publicado en El País de España el diecinueve de febrero del
presente año, comentando la interesante obra de Marantz señala:

10    Ubaldus De Vries, “Kuhn and Legal Research. A Reflexive paradigmatic view on Legal
      Research”. https://www.resarch-gate.net> publication>327 4416.

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         “Cambiar como hablamos es cambiar como somos. Esta es la vi-
         sión de muchos activistas en las redes sociales cualquiera que sea
         su propia ideología, empeñados en alimentar las agendas cultu-
         rales para construir su propio relato alternativo, al dominante. Al
         menos así lo describe el periodista Andrew Marantz redactor de la
         revista The New Yorker, tótem de la inteligencia liberal americana
         en su libro Antisocial”.11

      El riesgo de construir “un propio relato” va a constituir parte del
riesgo al que estamos sometidos a la hora de procesar la información
que recibimos, vía telemática, todos los días. Ello nos coloca en un ám-
bito de decisión propio de la lógica ternaria o trivalente, en la cual hay
tres valores de verdad (verdadero, falso o indeterminado). El riesgo es
seguir pensando en términos reduccionistas no propios de una sociedad
de riesgo.
      Estimados académicos, he dedicado algo más de treinta y seis años
de mi vida al sector financiero. Ello me ha hecho pasar por varias juntas
directivas e incluso, la presidencia de dos instituciones bancarias. Todo
ello sin haber dejado nunca la actividad que constituye la razón de mi
vida: ser profesor de Derecho. Ningún título obtenido a lo largo de los
años tiene más trascendencia vital para mí que ese. El dedicar una parte
importante de mi vida en los últimos años a la filosofía del Derecho, de
alguna manera rinde tributo a aquella afirmación que una vez me hicie-
ra el padre Luis Olaso sj: “El Derecho es más de lo que es”. La postura
del filósofo no es fácil de describir. Siempre tengo presente lo que mi
querido profesor Ángel Cristóbal Montes decía en su libro El enigma
humano:

         “Haber escrito, durante medio siglo, de Derecho, de política y, al
         final de filosofía ha llenado mi vida de tal manera y procurado tal
         tipo de satisfacción que, pese a no haber alcanzado la fama que
         orla al escritor consagrado, no puedo decir otra cosa que gracias,
         muchas gracias a quien corresponda”.12
11    Juan Luis Cebrián, El País de España 19 de febrero de 2021. Ver Andrew Marants, Antiso-
      cial, Online Extremists, Tecno-Utopians and The Hijacking of The American Conversation,
      Penguin Books, New York, 2020.
12    Ángel Cristóbal Montes, El enigma humano, Editorial Trotta, Madrid, 2013. p. 9.

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     Siempre he estado claro en las elecciones que he tomado en la
vida. Como dice Étienne Gilson “un filósofo no lo es cuando nos habla,
sino en aquellas horas de soledad en las que se habla a sí mismo en el
silencio de su propia meditación”.13 El mismo Gilson citando, a raíz
de una reflexión acerca de Santo Tomás de Aquino, al filósofo inglés
Alfred North Whitehead quien escribió con Bertrand Russell los tres
volúmenes de Principia Mathematica, señala:

         “… a veces recuerdo un comentario de A.N. Whitehead, que quisie-
         ra citar aquí porque no estoy seguro de que lo haya escrito nunca:
         “Para un filósofo, la primera cualidad es tener buen carácter”.
         Cuando me dijo esto, con aquella sonrisa genial que todos sus
         amigos recuerdan Whitehead ciertamente no quiso decir que a un
         filósofo no le estaba permitido tener carácter; él quiso decir que
         no debería tener ninguno en filosofía. Doctrina –dice Tomás– de-
         bet ese in tranquilitate. La mente de un filósofo debe estar en paz.
         No tener carácter en filosofía quiere decir no enfadarse nunca con
         una idea… Un filósofo de buen carácter nunca ataca a un hombre
         para desembarazarse de una idea; no critica lo que no está seguro
         de haber entendido correctamente; no rechaza superficialmente las
         objeciones como no merecedoras de discusión; no toma los argu-
         mentos en un sentido menos razonable de lo que se desprende de
         sus términos. Por el contrario, puesto que su interés es la verdad
         y nada más, su único cuidado será hacer entera justicia incluso a
         aquel poco de verdad que hay en cada error”.14

      El texto anterior que quería compartir con ustedes, de una edición
preparada por el académico de la lengua Dr. Rafael Tomás Caldera, lo
leí en 1974, estudiando todavía los últimos años de la carrera de Dere-
cho. He tratado de seguir ese consejo de Gilson a lo largo de mi vida.
Tratando de poner por delante de mis acciones el debet ese in tranqui-
litate del aquinense.
      Señores académicos, recibo esta responsabilidad que me han enco-
mendado ustedes de presidir la Junta Directiva de la Corporación con
respeto y humildad. Bajo el recuerdo constante de mis padres César
13    Étienne Gilson, El amor a la sabiduría, Senderos, Caracas, 1974. p. 24.
14    Étienne Gilson, ob. cit., pp. 61 y 62.

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DISCURSO DEL ACADÉMICO PROF. JULIO RODRÍGUEZ BERRIZBEITIA, PRESIDENTE PARA EL NUEVO PERÍODO ...

Rodríguez y Mercedes Berrizbeitia. De mis maestros, especialmente de
Alfredo Morles Hernández que marcó en mi actividad profesional ese
deseo por abrir permanentemente una puerta más en el conocimiento de
lo jurídico. Su lucha contra las adversidades naturales del tiempo en la
vida humana es admirable y acrecienta en todos el respeto y la admira-
ción que le hemos tenido siempre. A mi familia que se ha puesto a mi
lado frente a todos los retos que he asumido en la vida. Muy especial-
mente a Ana Teresa Lepage, compañera de un largo recorrido.
     Soy un hombre de fe, para quien lo terrenal es un paso más hacia
el lugar donde el tiempo no rige. A menudo vuelve a mi memoria un
poema de Andrés Eloy Blanco que mi madre me recitaba de niño:

     “Tu recuerdas al nauta en su camino que es Dios quien fija el rum-
     bo y da el destino y el mismo es apenas la expresión de un anhelo,
     ¡pues para andar sobre el azul marino hay que mirar hacia el azul
     del cielo!”

     Muchas gracias.

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