EL INOCENTE - Serie Negra
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EL
INOCENTEOBFI267_El inocente_01.qxd:_ 23/10/18 11:02 Página 4
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HARLAN
COBEN
EL
INOCENTE Traducción de
Esther RoigOBFI267_El inocente_01.qxd:_ 23/10/18 16:51 Página 6
Título original inglés: The Innocent.
© Harlan Coben, 2005.
© de la traducción: Esther Roig, 2006.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2018.
Avenida Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
rbalibros.com
Primera edición: mayo de 2006.
Primera edición en esta colección: noviembre de 2018
Ref.: obfi267
isbn: 978-84-9187-164-4
Depósito legal: B. 21.488-2018
pleca digital · preimpresión
Impreso en España · Printed in Spain
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito
del editor cualquier forma de reproducción, distribución,
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a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro
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Todos los derechos reservados.OBFI267_El inocente_01.qxd:_ 23/10/18 11:02 Página 7
En recuerdo de Steven Z. Miller
A los que tuvimos la suerte de tenerlo como ami-
go. Intentamos estar agradecidos por el tiempo que
compartimos, pero es muy difícil.
Y a la familia de Steve, sobre todo a Jesse, Maya T. y
Nico. Cuando seamos lo bastante fuertes, hablare-
mos de vuestro padre, porque era el mejor hom-
bre que hemos conocido.OBFI267_El inocente_01.qxd:_ 23/10/18 11:02 Página 8
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PRÓLOGO
Nunca quisiste matarlo.
Te llamas Matt Hunter. Tienes veinte años. Creciste en un barrio
de clase media-alta de las afueras, en el norte de Nueva Jersey, no le-
jos de Manhattan. Vives en la parte más pobre de la ciudad, pero es
una ciudad muy rica. Tus padres trabajan mucho y te aman de forma
incondicional. Eres el hijo de en medio. Tienes un hermano mayor al
que adoras y una hermana menor que toleras.
Como todos los chicos de tu ciudad, creces preocupado por tu
futuro y por la universidad que te admitirá. Estudias mucho y sacas
unas buenas notas, aunque no espectaculares. Tu nota media es un
excelente bajo. No llegas al diez pero casi. Realizas actividades ex-
traescolares bastante provechosas, incluido un trabajo de tesorero en
la escuela. Eres atleta de élite en los equipos de fútbol y baloncesto, y
lo bastante bueno para jugar en la División III, pero no para obtener
una beca económica. Eres un listillo y tienes mucho encanto. En
cuestión de popularidad, estás apenas por debajo del escalón supe-
rior. Cuando haces el examen de aptitud escolar, tu puntuación sor-
prende a tu tutor.
Te apuntas a las universidades más prestigiosas, pero están fuera
de tu alcance. Harvard y Yale te rechazan de entrada. Penn y Colum-
bia te ponen en la lista de espera. Acabas yendo a Bowdoin, una pequeña
universidad de élite de Brunswick, Maine. Te encanta. Las aulas son
pequeñas. Haces amigos. No tienes novia formal, pero tampoco te ape-
tece tenerla. En tu segundo año, entras en el equipo de fútbol de la
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universidad como defensa. Juegas al baloncesto júnior por tu cuenta,
y ahora que el escolta sénior se ha graduado, tienes muchas posi-
bilidades de jugar valiosos minutos.
Es entonces, al volver al campus entre el primer y el segundo
trimestre de tu penúltimo año, cuando matas a alguien.
Has pasado unas maravillosas y frenéticas vacaciones con la fa-
milia, pero la práctica del baloncesto te atrae demasiado. Das un
beso de despedida a tus padres y vuelves al campus en coche con
Duff tu mejor amigo y compañero de cuarto. Duff es de Westches-
ter, Nueva York. Es bajo y de piernas gruesas. Juega de right tackle
en el equipo de fútbol y está en el banquillo del de baloncesto. Es
el mayor bebedor del campus: Duff nunca pierde un concurso de
tragar cervezas.
Conduces.
Duff quiere parar de camino en la Universidad de Massachusetts,
en Amherst. Un compañero del instituto es miembro de una frater-
nidad muy salvaje que celebra una fiesta a lo grande.
No te entusiasma la idea, pero no eres un aguafiestas. Te sien-
tes más cómodo en reuniones íntimas donde conoces a casi todos.
Bowdoin tiene unos mil seiscientos estudiantes. La Universidad de
Massachusetts tiene casi cuarenta mil. Estamos a principios de enero
y hace un frío glacial. Hay nieve en las calles. Te ves el aliento mien-
tras entras en la fraternidad.
Duff y tú tiráis los abrigos al montón. Pensarás a menudo en eso
a lo largo de los años, en esa forma despreocupada de lanzar los abri-
gos. De habértelo dejado puesto, de haberlo dejado en el coche, de
haberlo dejado en otro sitio...
Pero no pasó nada de eso.
La fiesta no está mal. Es una salvajada, sí, pero para ti es una sal-
vajada más bien forzada. El amigo de Duff quiere que os quedéis a
pasar la noche en su habitación. Aceptáis. Bebes mucho —se trata de
una fiesta universitaria, al fin y al cabo—, aunque ni de lejos tanto
como Duff. La fiesta decae. En cierto momento los dos vais a recoger
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los abrigos. Duff tiene una cerveza en la mano. Recoge su abrigo y se
lo echa al hombro.
Entonces vierte algo de cerveza.
No mucha. Solo una salpicadura. Pero es suficiente.
La cerveza cae sobre una cazadora roja. Esa es una de las cosas
que recuerdas. Fuera hacía un frío glacial, veinte bajo cero, pero al-
guien solo llevaba encima una mísera cazadora. Lo otro que nunca te
quitarás de la cabeza es que la cazadora era impermeable. La cerve-
za que había salpicado, que era poquísima, no habría estropeado la
cazadora. No la habría manchado. Se podía enjuagar con facilidad.
Pero alguien grita:
—¡Eh!
Él, el dueño de la cazadora roja, es un chico grande, pero no
enorme. Duff se encoge de hombros. No se disculpa. El chico, el
señor Cazadora Roja, se enfrenta a Duff cara a cara. Es un error. Sa-
bes que Duff es un gran luchador con una mecha muy corta. Todas
las facultades tienen un Duff, el tipo que nunca te imaginas que pue-
da perder una pelea.
Ese es el problema, por supuesto. Todas las facultades tienen un
Duff. Y de vez en cuando tu Duff tropieza con su Duff.
Intentas ponerle fin, reírte de ello, pero tienes a dos chiflados
atiborrados de cerveza con las caras rojas y los puños cerrados. Se ha
lanzado un desafío. No recuerdas quién lo ha lanzado. Salís todos fue-
ra, a la gélida noche, y te das cuenta de que os habéis metido en un lío.
El chicarrón de la cazadora roja va acompañado de amigos.
Ocho o nueve amigos. Duff y tú estáis solos. Buscas al amigo del
instituto de Duff —Mark o Mike no sé qué— pero no se le ve por
ninguna parte.
La pelea empieza enseguida.
Duff baja la cabeza como un toro y carga contra Cazadora Roja.
Cazadora Roja se aparta y atrapa a Duff en una llave de judo. Le pega
un puñetazo en la nariz. Con una llave sigue agarrando a Duff por la
cabeza y vuelve a pegarle un puñetazo. Y otro. Y otro.
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Duff tiene la cabeza baja y se retuerce como un loco, pero sin
ningún efecto. Hacia el séptimo u octavo puñetazo, Duff deja de
retorcerse. Los amigos de Cazadora Roja lo vitorean. Los brazos de
Duff caen a los lados.
Quieres detenerlos, pero no sabes cómo. Cazadora Roja hace
su trabajo metódicamente, sin apresurarse en los puñetazos, to-
mando impulso. Sus colegas le aclaman. Exclaman «oh» y «ah»
con cada plaf.
Estás aterrado.
Tu amigo está recibiendo una paliza, pero tú estás básicamente
preocupado por ti mismo. Eso te avergüenza. Quieres hacer algo,
pero estás asustado, espantosamente asustado. No puedes moverte.
Sientes las piernas como si fueran de goma. Sientes un hormigueo en
los brazos. Y te odias por eso.
Cazadora Roja suelta otro puñetazo a Duff en la cara. Afloja la
llave. Duff cae al suelo como una bolsa de ropa sucia. Cazadora Roja
le da una patada en las costillas.
Eres el peor de los amigos. Tienes demasiado miedo para ayudar.
Nunca olvidarás esa sensación. Cobardía. Es peor que una paliza,
piensas. Tu silencio. Esa horrible sensación de deshonra.
Otra patada. Duff gime y rueda sobre su espalda. Tiene la cara
manchada de rojo carmesí. Después sabrás que sus heridas eran me-
nores. Ojos morados y numerosas laceraciones. Eso será todo. Pero
entonces parece estar malherido. Sabes que él nunca se habría que-
dado quieto permitiendo que te dieran una paliza como esa.
No puedes aguantar más.
Te apartas del público.
Todas las cabezas se vuelven hacia ti. Por un momento nadie se
mueve. Nadie habla. Cazadora Roja respira con dificultad. Con el
frío le ves el aliento. Estás temblando. Quieres parecer racional. «Eh
—dices—, ya ha recibido bastante». Gesticulas apaciguadoramente.
Pruebas tu sonrisa encantadora. «Ha perdido la pelea. Ya está. Has
ganado», le dices a Cazadora Roja.
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Alguien salta detrás de ti. Unos brazos te rodean como una
serpiente, ciñéndote en un abrazo de oso.
Estás atrapado.
Ahora Cazadora Roja viene a por ti. El corazón te late contra el
pecho como un pajarito en una jaula demasiado pequeña. Echas la
cabeza hacia atrás. Chocas con la cabeza contra la nariz de alguien.
Cazadora Roja está más cerca. Le esquivas. Alguien más sale del co-
rro. Tiene el pelo rubio y una tez rubicunda. Te imaginas que es otro
colega de Cazadora Roja.
Se llama Stephen McGrath.
Va a pegarte. Le esquivas como un pez en el anzuelo. Vienen más
a por ti. Te entra el pánico. Stephen McGrath te pone las manos en
los hombros. Intentas soltarte. Te retuerces frenéticamente.
Entonces te sueltas y le agarras el cuello.
¿Te lanzaste sobre él? ¿Tiró él de ti o tú le empujaste? No lo sabes.
¿Uno de los dos perdió pie en la acera? ¿Fue culpa del hielo? Reme-
morarás ese momento infinidad de veces, pero la respuesta nunca
será clara.
De un modo u otro, os caéis.
Tus manos siguen en su cuello. En su garganta. No lo sueltas.
Al caer se oye un ruido sordo. Stephen McGrath golpea con la
parte trasera de la cabeza contra el borde de la acera. Se oye un soni-
do horripilante, infernal, un crac, algo húmedo y superficial y que no
se parece a nada que hayas oído antes.
El sonido señala el final de la vida que conocías.
Siempre lo recordarás. Ese horrible sonido. Nunca te abando-
nará.
Todo se detiene. Miras abajo. Los ojos de Stephen McGrath están
abiertos e inmóviles. Pero tú ya lo sabes. Lo sabes por la forma inerte
que de repente ha adoptado el cuerpo. Lo sabes por ese crac horripi-
lante e infernal.
La gente se dispersa. Tú no te mueves. No te mueves durante un
largo rato.
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Todo sucede muy rápido entonces. Llegan guardias de seguridad
del campus. Después la policía. Les cuentas lo que ha pasado. Tus pa-
dres contratan a una magnífica abogada de Nueva York. Te dice que
alegues defensa propia. Lo haces.
Y sigues oyendo ese horrible sonido.
El fiscal se burla. «Señoras y señores del jurado —dice—, ¿el
acusado resbaló con las manos agarradas al cuello de Stephen Mc-
Grath? ¿Espera que nos lo creamos?».
El juicio no va bien.
A ti te da todo igual. Antes te importaban las notas y los minutos
que jugabas. Qué lastimoso. Amigos, chicas, jerarquía social, salir
adelante, todas esas cosas. Se han evaporado. Los ha sustituido el ho-
rrible sonido de ese cráneo golpeando contra el asfalto.
En el juicio, oyes llorar a tus padres, sí, pero son las caras de Son-
ya y Clark McGrath, los padres de la víctima, las que te obsesionan.
Sonya McGrath te mira fijamente durante todo el juicio.
Te desafía a mirarla.
No puedes.
Intentas escuchar al jurado cuando anuncia el veredicto, pero
esos otros sonidos interfieren. Los sonidos no cesan nunca, nunca te
dejan, ni siquiera cuando el juez te mira severamente y te condena.
La prensa te está observando. No te mandarán a una prisión blanda
para chicos blancos, tipo club de campo. Ahora no. En año de elec-
ciones, no.
Tu madre se desmaya. Tu padre intenta aguantar el tipo. Tu
hermana sale corriendo de la sala. Tu hermano, Bernie, se queda pa-
ralizado.
Te ponen las esposas y te llevan fuera de la sala. Tu educación no
te ha preparado mucho para lo que te espera. Has visto la tele y has
oído muchas historias sobre violaciones en prisión. Eso no te sucede
—no hay agresiones sexuales—, pero te dan una paliza con los puños
en tu primera semana. Cometes el error de identificar al que te lo ha
hecho. Te dan dos palizas más y pasas tres semanas en la enfermería.
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Años más tarde, seguirás encontrando sangre en la orina de vez en
cuando, un recuerdo de un puñetazo en el riñón.
Vives con un miedo constante. Cuando vuelven a dejarte con los
demás internos, aprendes que la única forma de sobrevivir es unirte
a una absurda pandilla de vástagos de la Nación Aria. No tienen ideas
elaboradas ni una visión grandiosa de lo que debería ser Estados
Unidos. Básicamente les gusta odiar.
Seis meses después de tu condena, tu padre muere de un infarto.
Sabes que es culpa tuya. Quieres llorar, pero no puedes.
Pasas cuatro años en la cárcel. Cuatro años, el mismo período
que la mayoría de los estudiantes pasan en la universidad. Estás a
punto de cumplir veinticinco años. Te dicen que has cambiado, pero
no estás muy seguro de que sea verdad.
Cuando sales, tu paso es incierto. Como si el suelo debiera ceder
bajo tus pies. Como si la tierra pudiera tragarte en cualquier mo-
mento.
En cierto modo siempre caminarás así.
Bernie, tu hermano, está en la puerta esperándote. Bernie acaba
de casarse. Su esposa, Marsha, está embarazada de su primer hijo. Te
abraza. Casi sientes como si los últimos cuatro años se esfumaran. Tu
hermano hace una broma. Te ríes, ríes de verdad, por primera vez en
mucho tiempo.
Te equivocabas, tu vida no acabó esa fría noche en Amherst. Tu her-
mano te ayudará a encontrar la normalidad. Incluso llegarás a conocer
a una hermosa mujer. Se llama Olivia. Te hará inmensamente feliz.
Te casarás con ella.
Un día —nueve años después de cruzar aquella puerta— te en-
terarás de que tu hermosa mujer está embarazada. Decidís comprar
un par de móviles con cámara para estar en contacto constante. Mien-
tras estás trabajando, suena ese móvil.
Tu nombre es Matt Hunter. El teléfono suena por segunda vez.
Y tú contestas...
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NUEVE AÑOS DESPUÉSOBFI267_El inocente_01.qxd:_ 23/10/18 11:02 Página 18
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1
RENO, NEVADA
18 de abril
El timbre de la puerta sacó a Kimmy Dale de su pacífico sueño.
Se agitó en la cama, gimió y miró el reloj digital de la mesita.
Las 11:47 de la mañana.
A pesar de que era de día, la caravana seguía a oscuras. Así era
como le gustaba a Kimmy. Trabajaba de noche y tenía el sueño lige-
ro. En su época de cabeza de cartel en Las Vegas se había pasado años
probando persianas, cortinas, estores, antifaces, hasta que encontró
una combinación que impedía que el implacable sol de Nevada se
inmiscuyera en su sueño. Los rayos de Reno eran un poco más cle-
mentes, pero seguían buscando y explotando la más mínima rendija.
Kimmy se sentó en su inmensa cama. El televisor, un modelo sin
marca que había comprado de segunda mano a un motel local que se
había decidido por fin a hacer reformas, seguía encendido con el
volumen apagado. Las imágenes flotaban fantasmagóricamente en
un mundo distante. Ahora mismo dormía sola, pero esa era una
condición en flujo constante. Hubo una época en la que cualquier vi-
sita, cualquier pareja en potencia, traía consigo esperanza a su cama,
aportaba un optimismo —este podría ser él— que, en el fondo,
Kimmy reconocía como ilusorio.
Ya no había esperanza.
Se levantó despacio. El pecho hinchado por la última cirugía
estética le dolió con el movimiento. Era su tercera operación en
aquella zona, y ya no era una niña. Ella no quería hacerlo, pero
Chally, que creía tener ojo para esas cosas, había insistido. Sus propi-
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nas estaban bajando. Su popularidad se desvanecía. Así que aceptó.
Pero la piel de la zona estaba demasiado tensa por los últimos abusos
quirúrgicos. Cuando Kimmy se echaba boca arriba, esas malditas co-
sas caían hacia los lados y parecían ojos de pez.
El timbre de la puerta volvió a sonar.
Kimmy se miró las piernas de ébano. Treinta y cinco años, no ha-
bía tenido hijos, pero las venas varicosas crecían como gusanos. De-
masiados años de pie. Chally querría que se las operara también.
Seguía estando en forma, todavía tenía un tipazo y un trasero espec-
tacular, pero vaya, treinta y cinco años no son dieciocho. Tenía algo
de celulitis. Y esas venas. Como un maldito mapa en relieve.
Se metió un cigarrillo en la boca. La caja de cerillas era de su ac-
tual lugar de empleo, un local de estriptis llamado Eager Beaver. En
una época había sido cabeza de cartel en Las Vegas, con el nombre ar-
tístico de Black Magic. No echaba de menos esos días. En realidad, no
echaba de menos ningún día.
Kimmy Dale se puso encima una bata y abrió la puerta del
dormitorio. La sala no tenía cortinas para el sol. El resplandor la
agredió. Se tapó los ojos y parpadeó. Kimmy no tenía muchas visitas
—nunca llevaba clientes a casa— y se imaginó que sería un testigo
de Jehová. A diferencia de casi todo el resto del mundo libre, a
Kimmy no le importaban sus intrusiones periódicas. Ella siempre
invitaba a pasar a los exaltados religiosos y los escuchaba con aten-
ción, envidiosa de que hubieran encontrado algo, deseando poder
creer en sus tonterías. Como con los hombres de su vida, esperaba
que este fuera diferente, que éste la convenciera y ella fuera capaz de
creer.
Abrió la puerta sin preguntar quién llamaba.
—¿Es usted Kimmy Dale?
La chica que esperaba en la puerta era joven. Dieciocho, veinte
años, algo así. Y no, no era testigo de Jehová. No tenía su sonrisa de
cabeza hueca. Por un momento, Kimmy se preguntó si sería uno
de los fichajes de Chally, pero no podía ser. La chica no era fea ni mu-
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cho menos, pero no era para Chally. A Chally le gustaban llamativas
y rutilantes.
—¿Quién eres tú? —preguntó Kimmy.
—Eso no importa.
—¿Cómo dices?
La chica bajó los ojos y se mordió el labio inferior. Kimmy vio
algo vagamente familiar en ese gesto y sintió una punzada en el
pecho.
—Usted conocía a mi madre —dijo la chica.
Kimmy jugó con el cigarrillo.
—Conozco a muchas madres.
—Mi madre —contestó la chica— era Candace Potter.
Kimmy pestañeó al oírlo. Hacía más de treinta grados fuera, pero
de repente se apretó la bata.
—¿Puedo pasar?
¿Dijo Kimmy que sí? No sabría decirlo. Se apartó y la chica se
metió en la caravana.
—No comprendo —dijo Kimmy.
—Candace Potter era mi madre. Me dio en adopción el día en
que nací.
Kimmy intentó mantener el tipo. Cerró la puerta de la caravana.
—¿Quieres beber algo?
—No, gracias.
Las dos mujeres se miraron. Kimmy cruzó los brazos.
—No estoy segura de lo que quieres —dijo.
La chica habló como si lo llevara ensayado.
—Hace dos años me enteré de que era adoptada. Quiero mucho
a mi familia adoptiva, o sea que no quiero que se imagine algo
equivocado. Tengo dos hermanas y unos padres maravillosos. Han
sido muy buenos conmigo. No se trata de ellos. Es solo que... cuando
te enteras de algo así, necesitas saber.
Kimmy asintió, sin saber muy bien por qué.
—Así que empecé a buscar información. No fue fácil. Pero hay
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grupos que ayudan a los hijos adoptados a encontrar a sus padres
biológicos.
Kimmy se sacó el cigarrillo de la boca. Le temblaba la mano.
—Pero sabrás que Candi... Me refiero a tu madre... Candace.
—... está muerta. Lo sé. La asesinaron. Me enteré la semana pasada.
Kimmy empezaba a sentir las piernas como si fueran de goma. Se
sentó. Los recuerdos se agolpaban y dolía. Candace Potter. Conocida
como «Candi Cane» en los clubes.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Kimmy.
—He hablado con el detective que investigó su asesinato. Se lla-
ma Max Darrow. ¿Se acuerda de él?
Oh, sí, se acordaba del viejo Max. Ya lo conocía antes del asesina-
to. Al principio, el detective Max Darrow apenas se había molestado
en investigar. Lo consideraba un caso de baja prioridad. Una estríper
muerta, sin familia. Otro cactus moribundo en el paisaje, eso era lo
que Candi era para Darrow. Kimmy se había involucrado, intercam-
biando favores por favores. Así funciona el mundo.
—Sí —dijo Kimmy—, le recuerdo.
—Ahora está retirado. Me refiero a Max Darrow. Dice que saben
quién la mató, pero que no saben dónde está.
Kimmy sintió que se le saltaban las lágrimas.
—Fue hace mucho tiempo.
—¿Mi madre y usted eran amigas?
Kimmy logró asentir con la cabeza. Todavía lo recordaba todo,
por supuesto. Candi había sido más que una amiga para ella. En esta
vida no hay tantas personas con las que puedas contar de verdad.
Candi había sido una de estas personas, tal vez la única desde que ha-
bía muerto la madre de Kimmy cuando ella tenía doce años. Habían
sido inseparables, Kimmy y esa chica blanca, y a veces se habían hecho
llamar, profesionalmente, Pic y Sayers, por la vieja película La canción
de Brian, y entonces, como en la película, la amiga blanca murió.*
* Basada en la relación en la vida real de dos jugadores de béisbol, uno blanco
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—¿Era prostituta? —preguntó la chica.
Kimmy meneó la cabeza y dijo una mentira que sonaba a verdad.
—No.
—Pero hacía estriptis.
Kimmy no dijo nada.
—No la estoy juzgando.
—Entonces, ¿qué quieres?
—Quiero saber cosas de mi madre.
—Ahora ya no importa.
—A mí me importa.
Kimmy recordó cuando se había enterado de lo que había pasa-
do. Estaba actuando, cerca de Tahoe, haciendo un número para el
público de mediodía, el mayor grupo de fracasados de la historia de
la humanidad, hombres con polvo en las botas y agujeros en los co-
razones que la visión de mujeres desnudas no hacía más que ensan-
char. Hacía tres días que no veía a Candi, pero era normal porque
Kimmy estaba de viaje. Fue en aquel escenario donde empezó a oír
los rumores. Se dio cuenta de que había pasado algo malo. Rezó para
que no tuviera que ver con Candi.
Pero sí tenía que ver con ella.
—Tu madre tuvo una vida muy dura —dijo Kimmy.
La chica se sentó, muy interesada.
—Candi creía que encontraríamos la forma de salir de esto,
¿sabes? Al principio creía que sería con algún tipo del club. Nos vería
y nos llevaría lejos, pero eso es una estupidez. Algunas de las chicas lo
intentan. Pero nunca funciona. El hombre quiere una fantasía, no a
ti. Tu madre lo aprendió muy deprisa. Era una soñadora, pero con un
objetivo.
Kimmy se calló, abrumada.
—¿Y? —apremió la chica.
y uno negro, y el vínculo que se crea entre ellos cuando uno descubre que se está
muriendo de cáncer. (N. de la t.)
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—Y entonces ese cabrón la aplastó como si fuera una cucaracha.
La chica se agitó en la silla.
—El detective Darrow me dijo que se llamaba Clyde Rangor.
Kimmy asintió.
—También mencionó a una mujer llamada Emma Lemay. ¿Era
su compañera?
—En algunas cosas, sí. Pero no conozco los detalles.
Kimmy no lloró al enterarse de la noticia. Estaba por encima de
eso. Pero había dado la cara. Se había arriesgado contando al maldi-
to Darrow lo que sabía.
La verdad es que en esta vida no hay muchas ocasiones para de-
fender tus principios. Pero Kimmy no traicionaría a Candi, ni siquie-
ra entonces, cuando era demasiado tarde para ayudarla. Porque
cuando Candi murió, también murió lo mejor de Kimmy.
Por eso habló con la policía, sobre todo con Max Darrow. Los
asesinos —y sí, ella estaba segura de que habían sido Clyde y Emma—
podían matarla también a ella, pero no se echaría atrás.
Sin embargo, Clyde y Emma no la habían agredido. Habían huido.
De eso hacía diez años.
—¿Sabía que yo existía? —preguntó la chica.
Kimmy asintió lentamente.
—Me lo dijo tu madre, pero sólo una vez. Le dolía demasiado ha-
blar de ello. Tienes que comprenderlo. Candi era demasiado joven
cuando ocurrió. Quince o dieciséis años. Te separaron de ella en el
momento en que naciste. Ella ni siquiera supo si habías sido niño o
niña.
El silencio se hizo pesado. Kimmy deseó que la chica se marchara.
—¿Qué cree que ha sido de él? Me refiero a Clyde Rangor.
—Estará muerto —dijo Kimmy.
Pero no lo creía. Las cucarachas como Clyde no mueren. Salen de
la madriguera y siguen haciendo daño.
—Quiero localizarlo —dijo la chica.
Kimmy la miró.
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—Quiero encontrar al asesino de mi madre y entregarlo a la jus-
ticia. No soy rica, pero tengo algo de dinero.
Las dos se quedaron calladas un momento. El ambiente era pesa-
do y pegajoso. Kimmy no sabía cómo decirlo.
—¿Puedo decirte algo? —empezó.
—Por supuesto.
—Tu madre se mantuvo firme hasta el final.
—¿Firme en qué?
Kimmy siguió:
—Casi todas las chicas se rinden. Pero tu madre nunca lo hizo.
No se la podía doblegar. Ella tenía sueños. Pero no podía ganar.
—No lo entiendo.
—¿Eres feliz?
—Sí.
—¿Estás estudiando?
—Acabo de empezar la universidad.
—La universidad —dijo Kimmy con una voz soñadora—: Tú.
—¿Qué pasa conmigo?
—Eso, tú eres el logro de tu madre.
La chica no dijo nada.
—Candi, tu madre, no querría verte mezclada en esto. ¿No lo
comprendes?
—Creo que sí.
—Espera un momento.
Kimmy abrió un cajón. Ahí estaba, como siempre. Ya no la tenía
a la vista, pero la fotografía estaba encima de todo. Candi y ella
sonriendo al mundo. Pic y Sayers. Kimmy miró su propia imagen y
se dio cuenta de que la jovencita a la que llamaban Black Magic era
una desconocida, que Clyde Rangor también podría haberla hecho
desaparecer a ella a puñetazos.
—Toma —dijo.
La chica cogió la fotografía como si fuera porcelana.
—Era preciosa —dijo la chica.
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—Mucho.
—Parece feliz.
—No lo era. Pero hoy lo sería.
La chica levantó la barbilla.
—No sé si puedo mantenerme alejada de esto.
«Pues entonces —pensó Kimmy— tal vez seas más parecida a tu
madre de lo que crees».
Se abrazaron y prometieron estar en contacto. Cuando la chica se
marchó, Kimmy se vistió. Fue al florista y pidió una docena de
tulipanes. Los tulipanes eran las flores preferidas de Candi. Condujo
cuatro horas hasta el cementerio y se arrodilló frente a la tumba de
su amiga.
No había nadie más. Kimmy limpió el polvo de la diminuta lápi-
da. Ella misma había pagado la parcela y la lápida. Candi no descan-
saría en un cementerio para pobres.
—Hoy ha venido tu hija —dijo en voz alta.
Soplaba una ligera brisa. Kimmy cerró los ojos y escuchó. Le
pareció oír la voz de Candi, tanto tiempo silenciada, suplicándole
que cuidara de su hija.
Y allí, con el ardiente sol de Nevada quemándole la piel, Kimmy
prometió que lo haría.
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2
IRVINGTON, NUEVA JERSEY
20 de junio
—Un móvil con cámara —murmuró Matt Hunter meneando la ca-
beza.
Miró al cielo en busca de una guía divina, pero lo único que vio
fue una enorme botella de cerveza.
La botella era una visión familiar, lo que veía Matt cada vez que
salía de su desvencijada casa de dos pisos con la pintura descolorida.
Con la parte superior a seis metros de altura, la famosa botella do-
minaba el perfil de la ciudad. Pabst Blue Ribbon había tenido una
destilería allí, pero la había abandonado en 1985. Hacía años, la bote-
lla había sido una magnífica torre de agua con placas de acero baña-
das en cobre, esmalte reluciente y una tapa dorada. De noche los
reflectores iluminaban la botella para que los habitantes de Jersey la
vieran desde muy lejos.
Pero ya no. Ahora tenía el color marrón de una botella de cerve-
za por el óxido. La etiqueta de la botella había desaparecido hacía
tiempo. Siguiendo su ejemplo, el antiguamente sólido vecindario
que la circundaba no solo se había disgregado, sino que práctica-
mente se había esfumado. Hacía veinte años que nadie trabajaba en
la fábrica de cerveza. Pero, a juzgar por su estado ruinoso, se podría
pensar que hacía mucho más.
Matt se paró en el último escalón del porche. Olivia, el amor de
su vida, siguió andando. Agitaba las llaves del coche en la mano.
—Creo que no deberíamos comprarlos —dijo.
Olivia no se detuvo.
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—Vamos. Será divertido.
—Un teléfono debería ser un teléfono —dijo Matt—. Una cáma-
ra debería ser una cámara.
—Vaya, qué profundo.
—Un chisme que es ambas cosas... es una perversión.
—Tu especialidad —dijo Olivia.
—Ja, ja. ¿No ves el peligro?
—Pues no.
—Una cámara y un teléfono en uno —Matt se calló, pensando
en lo que iba a decir— es..., no sé, es como mezclar dos especies, si lo
piensas bien, como en uno de esos experimentos de las películas de
serie B que escapan al control y destruyen todo lo que encuentran.
Olivia lo miró.
—Eres más raro...
—No estoy seguro de que debamos comprarnos un par de móvi-
les con cámara, nada más.
Ella apretó el mando a distancia, y los seguros de las puertas del
coche se liberaron. Fue a abrir la puerta. Matt dudó.
Olivia volvió a mirarlo.
—¿Qué? —preguntó él.
—Si los dos tenemos móviles con cámara —dijo Olivia—, po-
dría mandarte porno mientras estás trabajando.
Matt abrió la puerta.
—¿Verizon o Sprint?
Olivia le sonrió de una manera que le aceleró el corazón.
—Te quiero, ya lo sabes.
—Yo también te quiero.
Los dos estaban dentro del coche. Ella se volvió a mirarlo. Él
detectó su inquietud y estuvo a punto de volverse.
—Todo irá bien —dijo Olivia—. Lo sabes, ¿no?
Él asintió y simuló una sonrisa. Olivia no se lo tragaría, pero el
esfuerzo contaría para algo.
—Olivia —dijo.
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—¿Sí?
—Continúa con el porno.
Ella le dio un puñetazo en el brazo.
Pero la inquietud de Matt volvió en cuanto entraron en la tienda
de Sprint y empezaron a oír hablar del compromiso para dos años.
La sonrisa del dependiente tenía algo de satánico, como el diablo de
una de esas películas en que un tipo ingenuo vende su alma. Cuando
el dependiente sacó un mapa de Estados Unidos —«las zonas que no
eran turísticas», les informó, estaban en rojo brillante— Matt empezó
a desconectar.
En cuanto a Olivia, esta no podía reprimir su emoción, pero es
que la esposa de Matt tenía un don natural para el entusiasmo. Era
una de esas personas, tan escasas, que encuentran alegría tanto en lo
grande como en lo pequeño, un rasgo que demostraba que, sin duda
en su caso, los opuestos se atraen.
El dependiente no dejaba de parlotear. Matt no le escuchaba,
pero Olivia le dedicaba toda su atención. Le hizo un par de pregun-
tas, por pura formalidad, pero el dependiente ya sabía que ese cliente
había mordido el anzuelo, y estaba no solo pescado y bien pescado,
sino también frito y casi engullido.
—Permítanme que prepare el papeleo —dijo el dependiente,
apartándose.
Olivia cogió a Matt del brazo, con la cara radiante.
—A que es divertido.
Matt hizo una mueca.
—¿Qué?
—¿Le has hablado del porno?
Ella rio y apoyó la cabeza en su hombro.
Por supuesto, el atolondramiento de Olivia y su sonrisa inaltera-
ble se debían a algo más que a un cambio de móviles. Comprar los
móviles con cámara era solo un señuelo, un indicador de que algo
iba a ocurrir.
Un bebé.
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Hacía dos días, Olivia se había hecho una prueba de embarazo en
casa y, de una forma que a Matt le había parecido cargada de signi-
ficado religioso, había salido una cruz roja en la tira blanca. Se que-
dó en silencio, asombrado. Llevaban un año intentando tener un
hijo, casi desde que se habían casado. La tensión del fracaso constan-
te había convertido lo que antes era una experiencia espontánea y
casi mágica en una serie de obligaciones bien orquestadas de toma de
temperatura, señales en el calendario, abstinencia prolongada y ardor
concentrado.
Ahora lo habían dejado atrás. Era pronto, le había avisado ella.
«No nos entusiasmemos demasiado». Pero Olivia estaba resplande-
ciente, no se podía negar. Su positivo estado de ánimo era una fuerza,
una tormenta, una marea. Matt no tenía nada que decir en contra.
Por eso estaban allí.
Los móviles con cámara, había insistido Olivia, permitirían que
la futura familia de tres miembros compartiera su vida de una forma
que la generación de sus padres no podía ni imaginar. Gracias al mó-
vil con cámara, ninguno de los dos se perdería ningún momento cla-
ve, ni que fueran banales, del niño: el primer paso, las primeras pala-
bras o el primer día en el parque, todo.
Al menos ese era el plan.
Una hora después, cuando volvieron a su mitad de la casa bifa-
miliar, Olivia le dio un beso rápido y empezó a subir la escalera.
—Eh —gritó Matt, levantando el teléfono nuevo y arqueando
una ceja—. ¿Quieres probar el vídeo?
—El vídeo solo dura quince segundos.
—Quince segundos. —Lo pensó, se encogió de hombros y dijo—:
Habrá que alargar los preliminares.
Olivia gimió ostensiblemente.
Vivían en lo que estaba considerado una zona sórdida, a la som-
bra curiosamente reconfortante de la botella de cerveza gigante de
Irvington. Hacía nueve años, cuando acababa de salir de la cárcel,
Matt sentía que no se merecía nada mejor (y no era una mala idea
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porque tampoco se lo podía permitir) y, a pesar de las protestas de la
familia, se limitó a alquilar un piso. Irvington es una ciudad cansada,
con una gran parte de la población afroamericana, probablemente
más del ochenta por ciento. Se puede llegar a la conclusión de que se
sentía culpable por sus años de cárcel. Matt sabía que las cosas nun-
ca son tan sencillas, pero no tenía mejor explicación, aparte de que
no se sentía todavía capaz volver a vivir en una zona residencial. El
cambio sería demasiado brusco, el equivalente terrenal a un cambio
súbito de presión.
De un modo u otro, aquel barrio —la estación de servicio Shell,
la vieja ferretería, la charcutería de la esquina, los borrachos tirados
en la acera, los atajos al aeropuerto de Newark, la taberna escondida
cerca de la vieja cervecería Pabst— se había convertido en su hogar.
Cuando Olivia llegó de Virginia, Matt se imaginó que insistiría
en que cambiaran a un barrio mejor. Ella estaba acostumbrada a
algo, si no mejor, sí diferente, y él lo sabía. Olivia había crecido en un
pueblecito de Virginia llamado Northways. Cuando Olivia empezaba
a caminar, su madre se había ido. Su padre la crio solo.
Joshua Murray, su padre, que era ya mayor —tenía cincuenta y
un años cuando Olivia nació—, se esforzó mucho por crear un ho-
gar para él y su hijita. Joshua era el médico del pueblo de Northways,
un médico de familia que trataba todo, desde el apéndice de Mary
Kate Johnson, de solo seis años, hasta la gota del viejo Riteman.
Según Olivia, Joshua era un buen hombre, y un padre cariñoso y
maravilloso que amaba con locura a su única hija. Estaban ellos dos
solos, padre e hija, viviendo en una casa de ladrillo de la calle princi-
pal. La consulta de su padre estaba en el lado derecho del paseo de
entrada. Casi todos los días, Olivia volvía corriendo de la escuela
para echar una mano con los pacientes. Animaba a los niños asusta-
dos o parloteaba con Cassie, la enfermera recepcionista de toda la
vida. Cassie también era «una especie de niñera». Si su padre estaba
ocupado, Cassie preparaba la cena y ayudaba a Olivia con los debe-
res. En cuanto a Olivia, esta adoraba a su padre. Su sueño —aunque
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ahora se daba cuenta de lo ingenuo que era— había sido ser médica
y trabajar con él.
Pero durante el último año de Olivia en la universidad, todo
cambió. Su padre, el único familiar que Olivia había conocido, mu-
rió de cáncer de pulmón. La noticia dejó a Olivia destrozada. La vieja
ambición de ir a la Facultad de Medicina —siguiendo los pasos de su
padre— murió con él. Olivia rompió el compromiso con su novio de
la universidad, un estudiante de Medicina llamado Doug, y volvió
a la vieja casa de Northways. Pero vivir allí sin su padre era demasia-
do doloroso. Acabó por vender la casa y se trasladó a un complejo de
apartamentos en Charlottesville. Aceptó un empleo en una empresa
informática que exigía viajar mucho, y así fue en parte como ella y
Matt retomaron su relación.
Irvington, Nueva Jersey, estaba muy lejos de Northways o Charlot-
tesville, Virginia, pero Olivia le sorprendió. Quiso que se quedaran
en el piso, por miserable que fuera, para poder ahorrar dinero con
vistas a adquirir la casa de sus sueños, ahora fuera de su alcance.
Tres días después de comprar los móviles con cámara, cuando
Olivia volvió a casa subió directamente a la otra planta. Matt se sir-
vió un refresco de lima y cogió un puñado de pretzels en forma de
cigarro. Cinco minutos después la siguió. Olivia no estaba en el dor-
mitorio. Miró en el pequeño estudio. Estaba frente al ordenador,
dándole la espalda.
—Olivia.
Ella se volvió y le sonrió. Matt siempre había despreciado la vie-
ja idea de que una sonrisa podía iluminar una habitación, pero Oli-
via podía hacerlo, tenía una de esas sonrisas «que hacen girar el
mundo». Su sonrisa era contagiosa. Era un catalizador sorprendente,
que añadía color y textura a la vida de Matt, alterándolo todo en una
habitación.
—¿En qué piensas? —preguntó Olivia.
—En que estás muy buena.
—¿Incluso embarazada?
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—Sobre todo embarazada.
Olivia apretó una tecla y la pantalla se apagó. Se puso de pie y le
besó suavemente la mejilla.
—Tengo que hacer la maleta.
Olivia se iba a Boston en viaje de trabajo.
—¿A qué hora es tu vuelo? —preguntó.
—Creo que iré en coche.
—¿Por qué?
—Una amiga mía abortó después de un viaje en avión. No quie-
ro arriesgarme. Ah, y pienso ir a ver al doctor Haddon mañana por la
mañana, antes de irme. Quiere confirmar la prueba y comprobar que
todo va bien.
—¿Quieres que te acompañe?
Ella negó con la cabeza.
—Tienes que trabajar. Ya vendrás la próxima vez, cuando me ha-
gan una ecografía.
—De acuerdo.
Olivia volvió a besarle, demorándose en sus labios.
—Eh —susurró—. ¿Eres feliz?
Matt iba a soltar una bromita, algo ingenioso. Pero no lo hizo. La
miró directamente a los ojos y dijo:
—Mucho.
Olivia se apartó, sin dejar de mirarlo con aquella sonrisa.
—Voy a hacer la maleta.
Matt la vio alejarse. Se quedó un momento en el umbral. Sentía
el pecho ligero. Por supuesto que era feliz, y eso le daba un miedo
terrible. Lo bueno es frágil. Eso lo aprendes cuando matas a un chi-
co. Lo aprendes cuando te pasas cuatro años en una cárcel de
máxima seguridad.
Lo bueno es tan efímero, tan tenue, que puede ser destruido con
un suave soplo.
O por el sonido de un teléfono.
Matt estaba trabajando cuando el móvil con cámara vibró.
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Miró el identificador de llamadas y vio que era Olivia. Matt seguía
trabajando en la vieja mesa de socio de su hermano, esa clase de me-
sas en las que dos personas se sientan frente a frente, aunque el otro
lado estaba vacío desde hacía tres años. Su hermano Bernie había
comprado la mesa cuando Matt salió de la cárcel. Antes de lo que la
familia denominaba eufemísticamente «el incidente», Bernie tenía
grandes planes para los dos, los hermanos Hunter. No quería que
nada se interpusiera. Matt dejaría atrás aquellos años. El incidente
había sido un bache en el camino, nada más, y ahora los hermanos
Hunter volvían a estar en marcha.
Bernie era tan convincente que Matt casi empezó a creerle.
Los hermanos compartieron la mesa durante seis años. Ejercie-
ron la abogacía en aquella misma sala: Bernie atendía el derecho cor-
porativo y lucrativo mientras Matt, que no podía ser un abogado de
verdad por sus antecedentes, se ocupaba de lo contrario, lo no lucra-
tivo ni lo corporativo. Los compañeros abogados de Bernie conside-
raban raro el acuerdo, pero ninguno de los hermanos deseaba tener
más intimidad. Habían compartido habitación toda la infancia,
Bernie en la litera de arriba, una voz desde lo alto en la oscuridad.
Los dos añoraban aquellos días, o al menos Matt. No estaba cómodo
a solas, sino con Bernie en la habitación.
Durante seis años.
Matt apoyó las palmas de las manos en la superficie de caoba. Ya
debería haberse librado de la mesa. El lado de Bernie estaba intacto
desde hacía tres años, pero a veces Matt aún miraba hacia allí espe-
rando verle.
El móvil con cámara volvió a vibrar.
En aquel instante Bernie lo tenía todo —una esposa estupenda,
dos hijos estupendos, una gran casa en las afueras, era socio de un
gran bufete de abogados, tenía buena salud, era querido por todos—;
al siguiente, su familia echaba tierra sobre su tumba e intentaba en-
tender lo que había pasado. Un aneurisma cerebral, dijo el médico.
Lo llevas encima durante años y un día, pam, acaba con tu vida.
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El móvil estaba en modo vibración-timbre. Dejó de vibrar y el
timbre empezó a tocar la vieja canción de Batman de la tele, la de la
letra trabada que básicamente consistía en tararear na-na-na un rato
y después gritar «¡Batman!».
Matt se quitó el móvil del cinturón.
Su dedo se detuvo sobre la tecla de respuesta. Era un poco raro.
Olivia, a pesar de estar en el ramo de la informática, era malísima
con los aparatos. Apenas usaba el teléfono, y cuando lo hacía, sabien-
do que Matt estaba en el despacho, lo llamaba por la línea fija.
Matt apretó la tecla de respuesta, pero apareció un mensaje que
decía que se transmitía una fotografía. Eso también era curioso. A pe-
sar de su excitación inicial, Olivia aún no había aprendido a usar la
prestación de cámara.
Sonó el intercomunicador.
Rolanda —Matt la calificaría de secretaria o ayudante, pero de
hacerlo, ella lo mataría— se aclaró la voz.
—Matt.
—Sí.
—Marsha por la línea dos.
Sin dejar de mirar la pantalla, Matt cogió el teléfono para hablar
con su cuñada, la viuda de Bernie.
—Hola —dijo.
—Hola —dijo Marsha—. ¿Olivia sigue en Boston?
—Sí. Precisamente, ahora mismo me está mandando una foto
con el móvil nuevo.
—Oh. —Hubo un breve silencio—. ¿Vas a venir hoy?
Como un paso más para la vida en familia, Matt y Olivia estaban
mirando una casa cerca de la de Marsha y los niños. Estaba en
Livingston, la ciudad donde Bernie y Matt habían crecido.
Matt se había cuestionado si sería prudente volver allí. La gente
tenía buena memoria. Por muchos años que pasaran, siempre sería
objeto de murmullos e insinuaciones. Por una parte, Matt ya hacía
tiempo que estaba por encima de esas necedades. Por otra, le preo-
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cupaban Olivia y el hijo que nacería. La maldición del padre que caía
sobre el hijo y todo eso.
Pero Olivia comprendía los riesgos. Era lo que ella quería.
Más que eso, el estado de hipertensión de Marsha —Matt no sa-
bía qué eufemismo utilizar— pesaba. Había sufrido una breve crisis
un año después de la muerte de Bernie. Marsha había tenido que
«descansar» —otro eufemismo— durante dos semanas, y Matt se
instaló en su casa y se ocupó de los niños. Marsha ya estaba bien —era
lo que todos decían—, pero a Matt le tranquilizaba la idea de estar
cerca de ellos.
Ese día, un perito inspeccionaría la casa nueva.
—Pensaba salir dentro de poco. ¿Por qué? ¿Pasa algo?
—¿Podrías pasarte?
—¿Por tu casa?
—Sí.
—Claro.
—Si es un mal momento...
—No, claro que no.
Marsha era una mujer preciosa, cara ovalada que a veces parecía
roída por la tristeza, y mirada nerviosa, hacia arriba, como querien-
do comprobar que la nube negra estaba aún en su sitio. Era una rea-
cción física, por supuesto, un reflejo más de su personalidad, como
ser bajito o tener cicatrices.
—¿Va todo bien? —preguntó Matt.
—Sí, estoy bien. No es importante. Es que... ¿Podrías encargarte
de los niños un par de horas? Tengo un asunto de la escuela y Kyra
sale esta noche.
—¿Quieres que me los lleve a cenar?
—Eso sería estupendo. Pero no a un McDonald’s, ¿vale?
—¿Un chino?
—Perfecto —dijo ella.
—Entendido, ya pasaré.
—Gracias.
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La imagen empezó a aparecer en la cámara del móvil.
—Hasta luego —dijo.
Ella se despidió y colgó.
Matt volvió la atención al móvil. Miró fijamente la pantalla. Era
diminuta. Tal vez tres centímetros, no más de cinco. El sol brillaba
ese día. La cortina estaba abierta. La luz dificultaba la visión. Matt
hizo visera con la mano alrededor de la pantallita e inclinó el cuerpo
para hacerle sombra. Funcionó bastante bien.
Un hombre apareció en la pantalla.
Seguía siendo difícil distinguir los detalles. Parecía tener treinta y
tantos años, la edad de Matt, y tenía el pelo muy oscuro, negro aza-
bache. Llevaba una camisa roja abotonada hasta abajo. Tenía una
mano levantada como si saludara. Estaba en una habitación con pa-
redes blancas y una claraboya. El hombre tenía una sonrisa arrogan-
te en la cara, de las que dicen «soy mejor que tú». Matt le miró. Sus
ojos se encontraron y Matt habría jurado que había visto un destello
burlón en ellos.
Pero Matt no le conocía.
¿Por qué su esposa habría sacado una foto de aquel hombre?
La pantalla se volvió negra. Matt no se movió. El fragor de caracol
de mar permanecía en sus oídos. Seguía oyendo otros sonidos —un fax
lejano, murmullos, el tráfico rodado— pero como a través de un filtro.
—Matt.
Era Rolanda Garfield, la susodicha ayudante/secretaria. El bufete
no había visto con buenos ojos que Matt la contratara. Rolanda era
una barriobajera para los camisas almidonadas de Carter Sturgis.
Pero él había insistido. Había sido uno de los primeras clientas de
Matt y una de sus pocas victorias penosamente logradas.
Durante su estancia en la cárcel, Matt había conseguido suficien-
tes créditos para licenciarse. Le dieron la licenciatura poco después
de salir. Bernie, una figura poderosa en el superbufete de Newark de
Carter Sturgis, pensó que podría convencer al colegio para que hicie-
ran una excepción y dejaran entrar a su hermano exconvicto.
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Se equivocó.
Pero a Bernie no era fácil desanimarlo. Entonces convenció a sus
socios de que aceptaran a Matt como un «paralegal», un término
magníficamente amplio que, más o menos, significaba «hacer el tra-
bajo de baja categoría».
Al principio, a los socios de Carter Sturgis no les hizo ninguna
gracia. No era de extrañar, claro. ¿Un exconvicto en su inmaculado
bufete? No podía ser. Pero Bernie apeló a su supuesta humanidad:
Matt sería bueno para las relaciones públicas. Demostraría que el ga-
binete tenía corazón y creía en las segundas oportunidades, al menos
en teoría. Era inteligente. Sería un buen fichaje. Más aún, si se encar-
gaba del gran volumen de casos no lucrativos del gabinete, permiti-
ría a los socios seguir excavando en los bolsillos bien provistos sin
distracción de los desfavorecidos.
No había otra opción: Matt trabajaría barato, ¿qué remedio le que-
daba? Y el hermano, Bernie, un auténtico hacedor de dinero, se mar-
charía si no lo aceptaban.
Los socios consideraron el escenario: ¿hacer el bien y salir benefi-
ciados? Es la lógica en la que se basa toda beneficencia.
Los ojos de Matt permanecieron en la pantalla en blanco del
teléfono. Su pulso dio un brinco. «¿Quién es este tipo del pelo negro
oscuro?», se preguntó.
Rolanda apoyó las manos en las caderas.
—Tierra llamando a Marte —dijo.
—¿Qué? —se sobresaltó Matt.
—¿Va todo bien?
—¿A mí? Sí, claro.
Rolanda hizo una mueca.
El teléfono volvió a vibrar. Rolanda se quedó con los brazos en
jarras. Matt la miró de nuevo. Ella no pilló la indirecta. Casi nunca
las pillaba. El teléfono volvió a vibrar y después empezó a sonar la
melodía de Batman.
—¿No contestas? —dijo Rolanda.
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