Tarjeta roja y el poema para Julieta

Página creada Cristian Jordi
 
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                     Tarjeta roja
               y el poema para Julieta

Lluvia, lluvia y más lluvia. Toda la semana esperando la
final del campeonato y ahora el cielo parece una regadera;
¡los sábados no tendría que llover nunca!
       La cancha de El Barrial tiene tanta agua que parece
una laguna, ni vestido de hombre rana se podría jugar.
Pero si me dicen que se juega, me pongo las patas anfibias
y salgo como un campeón.
       –¡No sueñes más, Facundo! El partido está más sus-
pendido que el tío Lucho –gritó Leandro, mi hermano,
desde la cocina.
       Mi tío Lucho es conocido en el barrio como el
campeón de las tarjetas rojas: con un promedio inigua-
lable de diez por campeonato, tiene además el récord de
haber sido el único jugador del equipo, de la liga, del país
y probablemente del mundo que logró ser expulsado dos
veces en un mismo partido. El juez le sacó la roja y el tío
se fue al vestuario, se afeitó la barba y el bigote y volvió
a entrar a la cancha sin que el árbitro se diera cuenta. Y
a los cinco minutos:
       –¡Piuuuuffffffffff! ¡Esto es para usted, señor! –le dijo
el juez con la tarjeta amarilla en la mano.
       –Pero si no lo toqué... –protestó el tío Lucho con
las manos en alto, parado al lado del delantero rival que
había quedado hecho un ovillo.
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       –¡Usted tiene cara conocida! ¿Yo no lo acabo de
expulsar?
       –¿A mí? No, me confunde...
       –¿Usted tiene un hermano?
       –Sí.
       –¿Gemelo?
       –Ehhhh... sí... je, je... –sonrió el tío Lucho–. Es el
barbudo que se fue recién, muy bien expulsado...
       –Ah, me parecía. ¡Tome, esto también es para usted!
–respondió el juez mostrándole la tarjeta roja–. ¡Y hágame
el favor: vaya a su casa a afeitarse bien, que le quedaron
pelos por toda la cara!
       Al tío lo suspendieron por cinco partidos, pero
no todo lo que dijo era una mentira. Tiene un hermano
aunque no gemelo: es mi padre.
       Mi tío y mi padre se parecen en algunas cosas, pero
son muy distintos en otras. Mi tío es más alegre, nervioso,
charlatán, ocurrente...
       –¡Un tiro al aire! –diría mi padre, que es más serio,
tranquilo, de conversación serena y ácidos comentarios...
       –¡Un vinagre! –diría mi tío mientras lo abraza y me
hace una guiñada.
       A mi padre jamás se le hubiera ocurrido afeitarse
para engañar al juez, entre otras cosas porque no usa
barba, pero sobre todo porque detesta la mentira.
       –Esa fue una diablura del tío, pero sirve como
ejemplo...
       –¿Como ejemplo? –dije sorprendido en medio de
un almuerzo familiar.
       –Sí, sirve para entender que la mentira tiene patas
cortas...
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      –¡Ah, no! –interrumpió el tío Lucho dejando de
esparcir las brasas bajo la parrilla–. ¡Yo mido un metro
ochenta y cinco y tengo patas bien largas!
      Y toda la familia largó la risa.
      La anécdota se repite a menudo en los encuentros
familiares. El tío y mi padre siguen jugando al fútbol junto
con otros veteranos del barrio: herreros, albañiles, taxistas,
profesores, feriantes, bancarios, camioneros, enfermeros,
comerciantes y tantos otros se juntan los fines de semana
para jugar a la pelota.
      –¿Qué más se puede pedir? –dice mi tío mientras
da vuelta el asado.
      –¡Que dejes de quemar esa carne! –contesta mi pa-
dre con su pícara mueca dibujada en la cara.

       Por un momento me distraje entre los recuerdos,
pero seguía sin resolver el problema del agua. No porque
faltara sino porque sobraba. Ahora la lluvia era torrencial.
No sabía qué hacer.
       Leandro se entretenía con la radio. Él siempre está
con las orejas paradas, como el gnomo que tengo colgado
en la pared: le van bien la música, los programas depor-
tivos, los humorísticos, los informativos, las entrevistas,
las tandas, todo. A mí me gustan algunos y otros me pa-
recen in-so-por-ta-bles. Mi hermano dice que quiere ser
periodista...
       –Para ser periodista hay que aprender a escribir sin
faltas de ortografía –apunta siempre mi padre.
       –Y para escribir sin faltas hay que leer muchos li-
bros –acota mi madre.
       El otro día mi padre llegó del trabajo cerca de la
medianoche y entró de puntas de pie al cuarto para no ha-
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cer ruido. La verdad, no sé para qué, porque mi hermano
roncaba como si se hubiera tragado un caño de escape.
       Yo tenía los ojos cerrados y procuraba volver a dor-
mirme, pero no era tan fácil conseguirlo al lado de aquella
garganta sonora.
       Como todas las noches, mi padre se acercó y nos dio
un beso. Tiene la costumbre de darnos un beso cuando
llega del trabajo, aunque estemos dormidos.
       Pero esa noche se quedó un rato sentado en la cama
de mi hermano, le acarició la cabeza y susurró:
       –Mi periodista preferido…
       No sé cómo Leandro puede ser el periodista pre-
ferido de papá, si nunca escribió nada... al menos nada
que yo conozca. Yo sí, escribí un poema para Julieta, mi
vecina nueva y también nueva compañera de clase. Pero
ella no lo sabía...
       Tenía ganas de dárselo, pero... lo que pasa es que...
lo escribí, sí, pero... Por suerte me salvó la campana, en
realidad, el timbre del recreo.
       Me guardé el poema en la mochila. Eso creía, pero
en realidad me equivoqué. Me equivoqué de mochila.
       Cuando volvía del patio vi a Julieta colorada, aun-
que aquello no era extraño porque es pelirroja. Pero al
acercarme, ella se iba sonrojando más y más... Ya estaba
verdaderamente rojiza... roja... carmín... ¡Y con mi poema
en la mano!
       Yo empecé a transpirar y me senté mirando para
adelante como si nada hubiera pasado. Y así me quedé,
quieto como un arco de fútbol, duro como pelota de
hormigón.
       ¿Y ahora, qué va a decir? Si me pregunta le digo
que es un ejercicio de redacción, un trabajo literario. Sí,
eso suena importante...
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       El problema es que el poema se titula “Para Julieta”.
       Le digo que Julieta es un personaje. Sí, eso, muy bien.
       Pero además debería inventar un nombre para el
otro personaje...
       ¡Romeo! ¡Claro, Romeo! ¡Romeo y Julieta! ¿Pero
cómo no se me ocurrió antes?
       De pronto sentí que alguien me pellizcaba.
       –¡Ey, Facundo! ¡Facundo! –escuché entre las risas
de mis compañeros.
       –Sí –respondí sin darme cuenta de lo que estaba
pasando.
       La maestra estaba parada a mi lado.
       –¡Muy bien, Facundo! –dijo–. ¡Todos deberían ha-
ber leído este libro para hoy, como hizo Facundo!
       –Je, je –sonreí porque no sabía de qué libro hablaba.
       –Recuerden que están a punto de ingresar al liceo,
donde hay que estudiar mucho más –recalcó la maestra–.
Facundo, ¿podrías decir entonces quién es el enamorado
de Julieta en esta historia?
       Me quedé en blanco, las manos me transpiraban...
       –¡Vamos, Facundo! –insistió la maestra–. ¿Quién
está enamorado de Julieta?
       –¡Yo! –contesté. Y toda la clase largó la carcajada. La
maestra también. Las mejillas de Julieta, ahora sí, ardían.
Yo no podía verme pero sentía que me estaba quemando.
       –¡Una manguera para apagar este incendio! –exa-
geró un gracioso.
       Desde entonces mis compañeros me gritan: “¡Oh,
Romeo! ¡Oh, Curioso!...”. Y todo lo que se les ocurra para
completar la rima: “piojoso, mocoso, ojeroso, calamitoso”,
entre otras veinte o treinta variantes.
       ¡Pero qué me importa! En la tapa del cuaderno de
Julieta todo el mundo puede leer una frase maravillosa:
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“Facundo y Julieta”. Ella la escribió con letra grande y
redonda.
        Y para la envidia de todos, cuando ayer me iba por
la calle y mis compañeros me gritaron: “¡Oh, Romeo! ¡Oh,
Curioso!...”, Julieta no dejó que terminaran el verso. Ella
gritó más fuerte; gritó la rima más linda que escuché en
toda mi vida: “¡Tu poema es hermoso!”.
        Y acá tengo una foto de ella en el paseo de fin de
año. La guardo en el viejo y pesado baúl de mis tesoros:
un armatoste de gruesa madera maciza y grandes herra-
jes, imposible de mover, que ha pasado de generación en
generación, según me contó mi madre.
        Allí tengo cientos de cosas: la camiseta de El Ba-
rrial, fotos con amigos, una bolsa con algunos ahorros, mi
querido futbolista articulado, una máscara monstruosa,
mi sobre de dormir. También guardo dos mazos de ba-
rajas –quiero aprender a jugar al truco–, la linterna, un
calzoncillo azul –¿qué hace esto acá?–, la bandera que
llevo a los partidos, el gorro de Uruguay que me regaló
el abuelo y más, mucho más...
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